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Diez breves puntos sobre el microrrelato


Por Luisa Valenzuela

 1 - Los microrrelatos, piezas de algún rompecabezas oculto, se bastan a sí mismas. Ofician de instrumentos de reflexión que, como en la vieja cancioncita infantil, abrirán las puertas para ir a jugar. Son herramientas de precisión, o trampas, para cazar vivo al desconocido ángel o demonio – o mejor demonioángel- que dormita en algún repliegue de nuestra in/conciencia. La muy literaria.

Son el reconocimiento de ese algo que palpita en un recóndito rincón de la mente donde se ha ido formando un semillero de textos. O quizá lo que se ha ido formando es el equivalente a una de esas fosas donde los jardineros echan los restos de comida para fabricar abono: maloliente pudridero donde relegamos ciertas puntuales ideas para que fermenten con el tiempo y se conviertan en fertilizante. De tamaño nutriente nacen a veces, casi por generación espontánea, estas diminutas perlas que a veces son de espanto. “Un cuentista eficaz puede escribir relatos literariamente válidos, pero si alguna vez ha pasado por la experiencia de librarse de un cuento como quien se quita de encima una alimaña, sabrá de la diferencia que hay entre posesión y cocina literaria”, escribió Cortázar, gran maestro, en un ensayo seminal titulado “Del cuento corto y sus alrededores”.

2 - Microrrelato. Es éste un término que prefiero al de microcuento,  porque el cuento –por el cual tengo un respeto casi sagrado-- se arma atendiendo leyes secretas, múltiples y variables pero estrictas, que le confieren una identidad insustituible. En cambio la palabra relato me parece más laxa y permisiva, aunque podría tratarse de una connotación personal. Pero de eso está hecho el lenguaje, de connotaciones e interpretaciones: he aquí su riqueza y también su  posibilidad de traición. Arma blanca, el lenguaje, nunca inocente como bien señala Juan Goytisolo; razón por la cual quienes escribimos nos complacemos en sacarle el mayor filo posible.

Un microrrelato es algo que se puede sostener en la palma de la mano y tiene vida propia. Vida propia aunque sólo conste de tres líneas, porque gracias a la sabia combinatoria de palabras y las múltiples sugerencias que ésta despierta, en tres líneas pueden abrirse infinidad de mundos superpuestos.

Un cuento puede salvarnos la vida, o al menos hacernos cambiar de punto de vista, cosa que puede llegar a ser una bendición porque sabemos que todo depende del color del cristal, etc. Además, un cuento breve nos permite acceder a una epifanía en los breves minutos de una espera, ya sea del autobús o del verdugo.

Usando el microrrelato de vehículo podemos acercarnos fugazmente a aquello que Paul Ricoeur (Del texto a la acción) llama “el enigma de la creatividad”, y dar  un paseo exploratorio por la escritura ficcional, entendiendo, según insiste Ricoeur, que “ficción es fingere, y fingere es hacer. El mundo de la ficción, en fase de suspenso, no es más que el mundo del texto, una proyección del texto como mundo”.

3 - El microrrelato, grano de pimienta que morderemos con fruición y algo de resquemor, parecería ser la forma más actual de la prosa y sin embargo se puede decir que nació en los albores de la literatura, con los cuentos de El Decamerón de Boccaccio o con Las Mil y una noches. Muchos han señalado que cuando el ser humano logró por primera vez articular su lenguaje más allá de la simple demanda o rechazo, estructuró las primeras microficciones y que la modalidad tiene su origen en la narración oral.

Opino lo contrario, la verdadera y arcaica narración oral no exige la síntesis. Todo lo contrario. Pensemos en esas largas noches de invierno de las protocivilizaciones: al calor del fuego (habiendo Prometeo cumplido ya con su generosa hazaña), resguardados, gracias al humo, de fieras y mosquitos, el tiempo estaba a disposición del narrador o de la narradora. Todos tenían toda la noche por delante, era necesario disipar el temor a las tinieblas con la voz y no importaba si algunos se dormían, la narración debía continuar, abundando en detalles, en descripciones que la hacían más vívida. Como en el tradicional teatro Noh, de Japón, donde las morosas y repetitivas obras se suceden durante casi 24 horas, intercaladas con ligeras viñetas del también tradicional teatro Kôgen, escenificadas para recuperar la atención de espectadores que duermen, comen, entran, salen y vaya una a saber qué más hacen.

Disipar las brumas del miedo a la amenaza externa y a lo desconocido ha sido y es una de las funciones del  narrar, ya sea de manera oral o escrita. La narrativa extensa puede llegar a ser un poco hipnótica a veces, calmante, y nos permite poner orden y una cierta medida de comprensión en la vida. En cambio el texto súperbreve es un disparador, un estimulante a veces del mismo miedo, un acicate para moverse a otro lado, a otro lado más allá de nuestros habituales sistemas de explicarnos lo inexplicable. Como las mismas viñetas del teatro Kôgen, sirven para sacudirnos la modorra y alertarnos de los peligros del andar dormidos por la vida. El humor, la fantasía, la asociación inesperada, suelen ser algunos de los disparadores o quizá despertadores de los que se vale el microrrelato para configurar su entretejido de sorpresas y de desplazamientos.

Así, a mi modo de ver, esta forma de expresar el mundo con toda brevedad no nació durante las noches de narrativa oral frente a la hoguera, sino en los encuentros sorpresivos, quizá cuando la Cromañona, justo antes del mazazo en la cabeza, argumentaba con el Cromañono para que, en lugar de llevarla a la cueva arrastrada de los pelos, le tienda cordialmente la mano que así sí ella estaba dispuesta a seguirlo. En pocas palabras hay que argumentar la cosa, él sólo sabe golpear y arrastrar, sólo un flash de palabras puede cambiarle la cosmogonía.

Quizá la Cromañona descubrió las ventajas de hacerlo reír. La risa es otra forma de golpe que desarma al contrincante y le quita fuerzas para descargar su golpe. Cosquillas del alma: muévanse si pueden. Pocas frases elementales caben en el tiempo de levantar la pesada maza y descargarla sobre la cabeza que por primera vez se ha puesto a hablarle. En ese espacio podemos conjeturar que nace el microrrelato. Es el espacio que los japoneses llaman MA, concepto ma/ravilloso, a mi entender, espacio-tiempo como puente que se crea y desaparece entre un paso y otro, como entre el instante de tomar el arroz con los palitos y llevárnoslo a la boca. Pescar ese instante, ponerlo en palabras sin congelar la acción es lo que se espera en esta narrativa de cambio que hoy llamamos microrrelato. Y que cuando cumple a fondo su cometido es como una cerrada nuez de muy finas paredes cuya pulpa –el Secreto– podemos adivinar a trasluz.

 4 - El microrrelato, tal como lo conocemos y como ha sido profusamente estudiado últimamente, exige un rigor que sólo se consigue con la práctica. El gran escritor norteamericano Irving Howe, en el prólogo a su ya clásica antología Short Shorts, de 1982, habla de una ficción “que no busca el significado por medio de la extensión, que acepta los límites del confinamiento” en la cual todo depende de la intensidad. Es un rayo de inventiva, un destello en la oscuridad. “En los cortos cuentos cortos el escritor/a no tiene una segunda oportunidad”, agrega Howe, “La red de pescar ilusiones puede ser arrojada una sola vez”.

Porque el microrrelato parecería ser un organismo unicelular, vivo, que logra a veces reproducirse por partenogénesis, transformándose y enriqueciéndose en el camino del cambio hasta constituir un animal múltiple y complejo. Las células pueden a veces ser microscópicas y a la vez brillantes, como en el caso de Margo Glantz, que con textos ínfimos construyó Las mil y una calorías, definida por ella como “novela dietética”.

Una forma de buscar la quintaesencia de los alquimistas adentrándose en el minimalismo verbal. Relatos de 500 palabras o menos. Enrique Anderson Imbert llamó “Casos” a los suyos,  y Cortázar cuando exploró el género los llamó “Textículos”.

5 - En el jugoso juego del microrrelato es imprescindible darle permiso absoluto a la imaginación, cosa que no resulta fácil cuando estamos batallando en busca de una estructura, cuando pretendemos ser “inteligentes” y “analíticos”. Dicha dificultad no es parte de la necesidad de distanciamiento, de lucidez o de clarividencia, sino, me temo, del tan mentado miedo a la libertad.

Solemos tenerle miedo a nuestra imaginación cuando se desborda y amenaza con conducirnos a zonas desconocidas y oscuras, recovecos prohibidos de la mente capaces de arrojar luz sobre sectores ocultos y a veces inconfesables de la propia psiquis.

“Lo buen si bre, dos veces bue” alegó alguna vez el humorista argentino Landrú, exprimiendo la esencia de la célebre frase de Gracián y armando así un micromicro. Porque microrrelato, minitexto o minicuento, flash fiction, como quieran llamarlos, son para mí como pequeños mecanismos de hacer pensar, mínimo engranaje que prueba su eficacia cuando logran poner en movimiento una enorme maquinaria tácita. Tienen por primo hermano al haiku, ese mínimo poema japonés tan apreciado por Octavio Paz, que en dos imágenes contrastadas y diecisiete sílabas debe sugerir un universo. Algunos emparientan los microrrelatos con el aforismo o con el epigrama, la breve fábula o hasta con el chiste, construcciones todas éstas que en un mínimo de palabras ofrecen un máximo de significación. Pero el chiste es otra historia, es un fuego fatuo que se agota a la primera aparición. No así el buen microcuento.

6 - Por más breves que sean los textos, sumergirse en ellos no implica una exploración de superficie, una espeleología de pestaña... Creo que se llama pestaña a una saliente en la montaña (y en caso de  estar escribiendo un microrrelato tendría que pensar si esta rima me conviene o si es un ripio) (y ripio es la palabra que corresponde, tratándose de una montaña). Ergo, la primera y quizá única (a mi entender) regla del microrrelato, aparte de su lógica y “antonomásica” brevedad, consiste en estar plena y absolutamente alerta al lenguaje, percibir todo lo que las palabras dicen en sus muy variadas acepciones y sobre todo lo que NO dicen, lo que ocultan o disfrazan. Es un ejercicio constante, se esté o no escribiendo, que permite entre otras cosas detectar las trampas que nos son tendidas a diario (¡y desde los diarios!) por mediación de las palabras.

Pienso que las palabras son como los quark: ínfimas partículas de materia tan pero tan pequeñas que carecen de tamaño, pero tienen –por imprescindible convención–sabor y color, y se presentan intercambiablemente bajo aspectos positivos o negativos. No olvidaremos que quark es un nombre que la microfísica tomó prestado de la literatura, más específicamente de Joyce, quien la acuñó a partir de quirk, es decir rareza, excentricidad, capricho.

Los tiempos están cambiando, las ciencias ya no son lo que eran antes, tambalean nuestras certezas, hace ya varias décadas que los científicos hablan de la necesaria “bruma poética” para acceder a los descubrimientos cada vez más desconcertantes y más aparentemente emparentados con el arte.

Hay descubrimientos que certifican aquello que la literatura –es decir la intuición– supo desde sus albores.

Pero seamos maniqueos. La intuición sola no se basta, la inteligencia a la vez la utiliza y la apuntala. Y el microrrelato necesita imperiosamente de ambas, y además, por ahora, necesita de los críticos que le confieren carta de ciudadanía. Ellos son quienes podemos llamar sus entomólogos. Es tan pequeño el microrrelato que parecería tener la vida y la sagacidad de un insecto. El cuento en cambio podría ser equiparado a un ave que vuela lejos, y la novela a un mamífero que se amamanta de la realidad circundante y que puede alcanzar, dentro de su complejidad fisiológica, muy diversos tamaños y capacidades. Ocurre que en este minimalista caso los entomólogos, es decir los críticos, corren el riesgo de transformarse en perfectos viviseccionadores. Usan todo el instrumental a mano, sobre todo el escalpelo, y se dedican minuciosamente a una labor taxonómica. Establecen categorías, erigen parámetros como para limitar el radio de acción de los creadores, quienes por suerte ignoran a los estudiosos y siguen su arbitrario camino de producción.

7 - Hay honrosas excepciones, verdaderos expertos como es el caso del mexicano Lauro Zavala, del argentino David Lagmanovich, de la española Francisca Noguerol. Gracias a críticos de este calibre el microrrelato en castellano es hoy estudiado en toda su acotada y vasta individualidad.

Lagmanovich los compara a teoremas cuando están bien logrados, y señala tres de las modalidades principales o subtipos:

A . Los textos de reescritura y parodia.

B.   Los discursos sustituidos. Juegos con el lenguaje en los cuales se llega a la compresión por una vía que no es la del discurso habitual.

C.   La escritura emblemática. “Con ello –aclara el crítico-- me refiero a ciertos textos brevísimos que proponen una visión trascendente de la existencia humana. Quiero decir: una visión definitiva, un enfrentarse al sentido último de la existencia o (...) de su destrucción. No la anécdota individual, ni el gesto ornamental, ni la aventura lingüística, sino algo que va más allá y que, en última instancia, se puede asociar con el orden más profundo de las creencias”.

Como la poesía, los microrrelatos se basan en el poder de evocación, valiéndose de elementos tales como la ambigüedad semántica y la intertextualidad literaria o extraliteraria.

La crítica propone un análisis en apariencias exhaustivo de las posibilidades de este género, verdadera microfibra en el telar de la literatura. La crítica coloca al también llamado hipotexto bajo sus muy particulares microscopios y ve las bacterias que nadan entre las palabras. Y reconoce, por ejemplo, que las revelaciones y hallazgos que puede hacer quien los lee se basan en lo textual, más allá del desarrollo psicológico de algún personaje. El lenguaje es en este caso el verdadero protagonista, sobre todo cuando quedan al descubierto sus posibles efectos paradójicos o su potencial para develar verdades que el emisor pretendió disfrazar u ocultar.

8 - La ambigüedad semántica se presta a variedad de combinatorias, unas más lúcidas que otras. Sin llegar a los límites que Eduardo Galeano resalta en Lenguajes:

Cuando una palabra es dos

En lengua de los sumerios, “flecha” y “vida” se decían igual: ti. En el idioma maya de Yucatán, “besar” se dice ts’uts. “Fumar”, también. En guaraní, che ha’u significa “yo como” y también “yo hago el amor”; y ñe’ê significa “palabra” y también “alma”. En quechua, suk es “uno” y a la vez es “otro”. En Mongolia, muhai quiere decir “horrible” o “querido”. En ruso, “eclipse” también significa “locura” y el signo chino de la palabra crisis expresa “peligro” y también “oportunidad”.

 En nuestro idioma son pocos los vocablos que se bifurcan hasta el punto de abrirse a tamaña contradicción. Mi favorito es escatología, término que alude a los excrementos o a los ángeles, según el caso. ¿Fue San Agustín quien, cuando decidió entregarse a la vida mística después de haberla pasado bomba, condenó al ser humano por eso de haber nacido “entre orina y heces”? Bueno, ahora sabemos que la noción de escatología nos salva de la condena permitiéndonos optar entre ser ángel o excremento. O ambas cosas alternativa y hasta simultáneamente. Como en verdad somos.

9 - En cuanto a los juegos de palabras, que los ingleses llaman puns y los franceses calembours, pueden convertirse en verdaderas bisagras para articular esos microrrelatos en los cuales impera la ironía, la irreverencia, la transgresión. Al escribirlos hacemos piruetas sobre la célebre barra cara a los estructuralistas que separa al significante del significado. El significado se desliza por debajo de la barra y quienes escribimos microrrelatos nos deslizamos con él, patinamos, nos dejamos llevar, percibimos la emoción del riesgo pero como eximios equilibristas nos cuidamos bien de no caer, no, de no caer en el sinsentido, en la arbitrariedad, en lo indescifrable. Se trata siempre de abrirse al entendimiento, de generar comprensión --separadito: de generar, no degenerar-- la posible comprensión de algo que, como el significado, se desliza siempre un poco pero nunca tanto como para perderse de vista.

El surrealismo ya pasó por acá, ya abrió las compuertas e hizo lo suyo. Ahora somos los amos de este Canal de Panamá que es el proceso de escritura y las compuertas tenemos que manejarlas con sapiencia para permitir la libre circulación de entendimiento, que suele ir más allá de nuestras magras ideas.

Los escritores y escritoras que se aventuran por las aguas del microrrelato lo saben. Transitamos canales, en apariencia sólo escuetos charcos donde sin embargo se corre el serio riesgo de  perder pie y verse arrastrado por la corriente.

Todorov dice de la novela que cada espécimen debe modificar la especie. Lo mismo y con mayor razón puede decirse de esta forma superbreve que nos permite una inmersión instantánea para bucear en lo desconocido. Pero hay que tirarse de cabeza.

Para lograrlo resulta interesante colocarse en el estado receptivo del cual hablan los indígenas de América cuando recomiendan ver el mundo dos veces. Verlo con la mirada directa, diurna, para detectar hasta la más mínima hoja de hierba, y simultáneamente verlo con la mirada difusa, lateral, nocturna, para percibir los seres y fantasmas de las tinieblas.

10 - Puedo ahora confesar que mis primeras incursiones en el género, mucho antes de saber que eso era o podía ser considerado un género, surgieron a raíz del voluntario exilio. Por causa de dictadura militar estaba dispuesta a alejarme de mi país por mucho tiempo, imposible saber cuánto, y no me podía llevar el montonal de cuadernos en los cuales durante años había estado garrapateando ideas, reflexiones, frases sueltas, sueños, entradas de un diario personal e inacabable. Entonces empecé a copiar lo que me parecía interesante y comprendí que muchos de los apuntes para algún futuro texto largo eran en sí ya un texto, mínimo, coherente. Libro que no muerde, titulé la compilación cuando por fin me propusieron publicarla. Esperaba que la ironía fuera evidente, puesto que los libros sí, muerden, o al menos picotean el intelecto del lector, tanto como para mantenerlo alerta. Hoy me asombra releer el primero de esta colección de brevísimos textos que ahora sé se llaman microrrelatos:

 Cuando se busca en el mayor secreto (dentro del mayor secreto, ahí mismo), sin saber que se busca, olvidando a cada paso la búsqueda, buscando, revolviendo, a la larga ¿qué se busca?

 Una pregunta, se ve, que me seguí planteando a lo largo de largos años, y como es sabido que las preguntas generan más y más textos, en ese período se fueron acumulando microficciones de muy distinta índole --algunas colándose con todo disimulo dentro de las novelas-- hasta culminar en un pequeño libro titulado Brevs, así, sin exceso de vocales, y que lleva por subtítulo Microrrelatos completos hasta hoy. Un hoy dúctil,  que se hace ayer de la escritura y mañana, con suerte, de la lectura. Jugarretas del tiempo, o de los nombres del tiempo que se hacen distintos para cada circunstancia.
***
  
En:
Al Sur de la Palabra. IV Encuentro de escritores por el fomento del libro y la lectura. Corporación Letras de Chile. Santiago: Mosquito Comunicaciones, 2005.

Reflexiones y acciones de Luisa Valenzuela

De la narrativa a la teoría:

Peligrosas palabras y Escritura y secreto, de Luisa Valenzuela


Por Graciela Gliemmo

I

Luisa Valenzuela llama "Confesión" -¿convocando quizás las Confesiones de San Agustín?- a la apertura de Peligrosas palabras, subtítulo que consagra la totalidad del libro. Y esta confesión, que más que tomar como instrumento las palabras las jerarquiza como núcleo temático, se coloca en la intersección entre la autobiografía intelectual y el ensayo teórico. Guiño que ya no asombra al tratarse de una escritora que arriesga siempre a la hora de dar forma a un texto y que se posiciona en los lugares intersticiales, en los huecos, entre las fisuras o también, incluso, en la superposición de planos para abandonar la comodidad de los modelos y desafiar cara a cara, teclado en mano, la seguridad de los cánones tanto editoriales como críticos.

Si bien no se trata específicamente de un ensayo, los alcances teóricos de los sucesivos capítulos irradian luz no sólo sobre la producción de Valenzuela, sino sobre dos recortes literarios muy precisos e inclusivos: la narrativa escrita por mujeres y la narrativa argentina. La autora se lee a sí misma, vuelve a su escritura y redefine criterios presentes en sus ficciones, parada en el punto de cruce entre ambas líneas: escribir como mujer y hacerlo en medio de la realidad argentina. Entendiendo por "realidad" tanto la historia y el acontecer social, político, como la literatura nacional.

Es difícil que un libro reflexivo dé cuenta de la evolución espontánea de un pensamiento. Es evidente que prevalecen los ensayos escritos después de la adquisición de un saber, después del eureka que se produce al ir detrás de una idea, de una hipótesis, hasta de una intuición. Después de arribar a un estado de conocimiento. Sin embargo, Valenzuela no descarta la posibilidad de organizar un hilo escritural que la atraviesa en su ser e identidad y que cruza sus textos desde el inicio de su producción narrativa hasta el presente, mostrando un antes y un después, precisando cambios, revelaciones personales, cortes y continuidades.

A pesar de la distancia temporal, de las considerables diferencias que a primera vista los alejan, Peligrosas palabras podría leerse dentro de un corpus del que también formaran parte, entre otros, los textos autobiográficos de Darío. Este libro de Valenzuela podría entreverse como la parodia de uno de los títulos que los agrupa: "Historia de mis libros".

Ensayo-autobiografía de una escritora que se rehúsa a rescatar lo anecdótico de su historia para fraguarse una vida paralela: la que brinda la literatura. Impulso que se potencia con la publicación de Escritura y secreto, una reescritura y expansión de la conferencia pronunciada en la Cátedra de Alfonso Reyes del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey, en octubre de 2001.

¿Cómo eludir la tentación de leer ambos libros en consonancia, como un muestrario de transparencias? O interpretarlos como si se tratara de un coro que entona una misma estrofa, necesariamente a destiempo, para que lo escuchado fusione lo legible con lo ilegible, los signos puestos uno al lado del otro para poder ser entendidos, con la superposición de ideas, imágenes, términos. ¿Cómo no observar que por azar más que por propia voluntad ambos libros combinan el sintagma con el paradigma y potencian la letra al superponerse y doblegar la correlatividad que señalan las fechas de edición?

Con la justa distancia para que las palabras suenen simultáneamente en determinado momento, Escritura y secreto comienza a cantar-contar-explicar qué es para Luisa Valenzuela la escritura, la literatura, la narrativa, y en especial el microrrelato, mientras todavía resuenan los tonos y las notas de Peligrosas palabras. Tal vez para reafirmar, después de haberlo ficcionalizado en sucesivos cuentos y novelas, que ya no es un secreto que las palabras ponen en peligro a quien las manipula o intenta manipularlas. Quizá para confesar que se ha accedido al secreto de la escritura, aunque revelar el milagro conduzca al peligro de poner en riesgo lo que se está por escribir. O para decir, a pesar del apuro que implica sostener un secreto, porque siempre que se comparte un secreto se establece una complicidad amenazante, que no hay modo de salir de la escritura. Acaso para redibujar un triángulo que en el origen fue edípico y que hoy se extrema en nuevos vértices sustantivos: escritura-secreto-peligro:

Sostengo que se escribe con el cuerpo, que todo el ser está implicado en el acto de escritura. De ahí la noción de peligro que puede surgir de un hecho tan simple y cotidiano como podría ser esto de dibujar una palabra después de otra. Porque el peligro no reside en el hecho en sí, sino en el hilo sutil que se genera entre la mano material que va asentando letra tras letra y todo lo abismal que acecha por detrás, listo a saltar al menor descuido, y que podríamos llamar percepción o deseo o lenguaje o hasta alimaña o lluvia de meteoritos, el maestro dixit." (1)

Letra-silencio-muerte. La vida y la muerte como inseparables en el acto de narrar, volviendo contemporánea, casi eterna, la voz de Sherezada y tendiendo un hilo semántico hacia la palabra fundante. El silencio que pierde y la palabra que encuentra. Y las otras combinaciones del caso, para no ser reduccionistas.

Podría aventurarse que en Peligrosas palabras y en Escritura y secreto Valenzuela invierte la ruta del discurso crítico, que organiza la sucesión secuencial "leer-escribir". El crítico lee, viaja por los textos, para luego aterrizar en la página y trazar el mapa sobre el cual señaliza sus lecturas y a través del que le asigna a la escritura de los otros un lugar.

Como diría Georges Bataille, la crítica sitúa al texto, lo hace entrar en serie, lo posiciona dentro de la historia literaria. Luisa Valenzuela se coloca en la otra vereda, brinca en otro circuito: primero escribe y luego se lee, primero salta y luego piensa hacia dónde. Como Juan Carlos Onetti, José Emilio Pacheco, Juan José Saer, Mario Vargas Llosa y tantos otros escritores, lee su producción y la ajena a partir de su práctica de escritura, de su propia poética, que son los signos autorales que marcan sus recortes y enfoques:

Creo en los caminos alquímicos y me ha tocado a mí la llamada vía lunar, que contrariamente a la vía solar transita de la práctica a la teoría. Es decir que primero hago, siguiendo el hilo narrativo o la llamada inspiración, y después trato de entender lo que hice, y sobre todo por qué lo hice. Literariamente hablando, claro está.

En este caso se trata de un acercamiento al trabajo de teoría como una excrecencia del trabajo de creación. Un tomar distancia de lo escrito desde la pura ficción para intentar elaborar algunas ideas al respecto. A veces, con suerte, en un espiralado juego de vaivén, de la idea nace algún pequeño relato que la ilustra. (Peligrosas Palabras: 11-12)

II

Peligrosas palabras reúne la experiencia de treinta años de acción y reflexión sobre un trabajo sostenido. Muestra los intentos de interrogar la propia producción para entender de qué se trata ese acto llamado "escribir" y ese producto que responde al nombre de "escritura". Sorprende, entonces, que la marca de género -escribir como mujer- no surja desde el comienzo sino en medio de la participación en el Segundo Congreso Americano de Literatura Femenina. El acceso a un saber de sí, vuelto "confesión", reubica desde el inicio el libro como autobiografía escritural para pegar el salto sobre el campo de la teorización:

Me senté entonces a escribir sobre la no existencia de un lenguaje de mujer, porque según pensaba entonces el lenguaje nace en el asexuado inconsciente humano, y me sentía reconfortada por la seguridad de que no era posible diferenciar mi escritura de la escritura del hombre, el maestro. La palabra sacrosanta que con tanta voracidad había devorado desde la adolescencia.

Y de golpe, para citar una frase de Nélida Piñón en la República de los Sueños, empecé a experimentar "un primer viaje que me inundó el corazón de un sentimiento insospechado", porque las palabras se me rebelaron ahí mismo, en esas humildes páginas, y no quisieron seguir reafirmando mi aparente certidumbre. Mis propias palabras se largaron a decir lo contrario de mi suposición consciente, y madame Bovary ya no fue ni Flaubert ni moi, y yo ya no era yo, era muy otra de cuya boca -o mejor dicho de cuyas puntas de los dedos- afloraban las víboras de un decir diferente porque no, señores y señoras, no: instantes antes de cobrar vida propia el lenguaje se erotiza, se carga con las hormonas del emisor (¡la emisora!), nos traiciona, se sacraliza, revienta, y sí, hay un lenguaje femenino escondido en los pliegues de aquello que se resiste a ser dicho." (22-23)

La anécdota personal aborda dos aspectos recurrentes en la poética de Luisa Valenzuela: la imposibilidad de esconder o abandonar cuando se escribe la marca de género y la idea de que el inconsciente juega un papel clave en esa hazaña. Y aunque la escritora no lo dice, no lo explicita, amplía la noción de autobiografía tejiendo redes con Juan Carlos Onetti que en El pozo -las memorias de Eladio Linacero- le hizo decir a su protagonista que una escritura autobiográfica no sólo recoge lo que alguien vive, el plano más circunstancial o anecdótico, sino además -¿o fundamentalmente?- sus sueños, sus fantasías. Para decirlo con palabras de Linacero: las aventuras. La autobiografía incluye lo no vivido pero deseado, los interrogantes más que las respuestas, aquello que la mente fabula, rastrea, proyecta o enmascara.


Del mismo modo, para Valenzuela la escritura no es catarsis sino viaje en busca de eso que se esconde y se escapa, que ofrece lucha para no ser atrapado, del Otro, de lo desconocido. De ahí que el saber, la conclusión sobre el propio trabajo venga necesariamente a posteriori:

Solemos tenerle miedo a nuestra imaginación cuando se desborda y amenaza con conducirnos a zonas desconocidas y oscuras, recovecos prohibidos de la mente capaces de arrojar luz sobre sectores ocultos y a veces inconfesables de la propia personalidad.

Sin embargo, es en este develamiento -que nos hermana con todos los humanos- donde reside el mayor atractivo de escribir, bien lo sabían los surrealistas que abogaron por el desenfreno verbal más absoluto y la inmersión despiadada en el mundo de los sueños. Creo que ya ha pasado el momento de permitirle a nuestros caballos interiores que se desboquen del todo." (Escritura…: 85)

Entonces, ficcional o no, toda escritura es autobiográfica, porque da cuenta del secreto de quien la firma, aunque no lo devele. Y si la escritura es el producto de una búsqueda dentro de la propia imaginación, un bucear en el propio inconsciente, entonces eso salvaría a la literatura de la repetición, transgredería todo canon establecido haciendo que entre un texto y otro se estableciera necesariamente una zona resbaladiza, algún destello diferente.


Y otra vez regresa el fantasma de Darío, a pesar de que se trata de géneros distintos -literarios y sexuales-, de épocas tan alejadas, de imaginarios bien disímiles. Pero a pesar de las múltiples distancias y fronteras entre una -Valenzuela- y otro -Darío-, hay un punto preciso donde sus modos de percibir la escritura se tocan: la resistencia a dar recetas, la convicción de que la tarea con el lenguaje es imprescindible y el deseo de que cada creador transite en su propia dirección. La idea es "construir no partiendo de la nada, que sería más fácil, sino transgrediendo las barreras, rompiendo los cánones en busca de esa voz propia contra la cual nada pueden ni el jabón ni la sal gema, ni el miedo a la castración, ni el llanto." (Peligrosas…: 41-42)

Más allá de las posibles resonancias de poéticas y autores, Luisa Valenzuela pide en Peligrosas palabras que sus ficciones sean leídas como escritura de mujer. En este sentido, se encarga de dibujar una genealogía afirmando que, más allá de las coincidencias con algunos autores, las escritoras amasan el lenguaje y lo condimentan con toques incomparables que permiten que haya mayor ambigüedad, mayor búsqueda, mayor experimentación.

Muchas veces, en estos textos, el círculo de la recepción se estrecha y termina siendo excluyente. A pesar de que Luisa Valenzuela muestra cierto desprecio por quienes dictaminan sin dudas qué hacer ante la página en blanco cuando elaboran discursos instruccionales, el trabajo sostenido con el lenguaje y la experiencia alrededor de lo desconocido son dos indicios insoslayables, dos reglas prioritarias al iniciar el trabajo de escritura.

Resulta engorroso no leer cierto tono doctrinario, hasta una generalización que puede sonar excesiva en algunas frases en las que el interlocutor de su texto se precisa al remitir a las otras escritoras de las cuales Valenzuela, con frecuencia, se muestra como representante:

Las escritoras debemos estar particularmente atentas a nuestra posición marginal en las tierras baldías del lenguaje. Gracias a ella conocemos bien el reverso de las palabras, su maloliente trasero, y reconocemos el poder generativo de su secreta entrepierna. (Peligrosas…: 103)

Y las narradoras tenemos ansias de aventura, al mismo tiempo mucho miedo. (Ibid: 183)

A las mujeres el desorden no nos aterra, nos enfrentamos con él a diario y de alguna manera sabemos que encierra un orden implícito, como bien acabó demostrando la teoría del caos gracias a los "atractores extraños" que configuran un oculto diseño organizativo en todo lo azaroso y complejo, como las nubes.

A las mujeres no nos asusta el desorden, y también aceptamos y sabemos poner las manos allí donde se supone que uno no las pone nunca, no debiera meterlas." (Ibid: 185)

Pero no todas las escritoras dialogan con Valenzuela en estos escritos. No por lo pronto aquellas que cuando escriben novela responden al discurso patriarcal, a pesar de que éste es un género hecho "para romper viejos moldes a cada paso, a cada vuelta de hoja." (Ibid: 57)


III

Valenzuela se resiste a pensar el escribir como acción catártica pero, sin embargo, apuesta al valor curativo de la palabra, de la literatura, emparentada con la teoría psicoanalítica. (2) Por eso piensa que una escritura que surge de la memoria individual para estimular una memoria colectiva ayuda a evitar la repetición y "es una manera de intentar comprender las situaciones en las cuales lo inefable se hizo norma y de contribuir, indirectamente, a la mejoría de la psiquis social". (Ibid: 96) Para decirlo con otras palabras: no apuesta a la purga personal, a la exorcización de los propios recuerdos, pero se ofrece como instrumento para que la memoria colectiva, nacional vibre y se haga oír.

Según Luisa Valenzuela, en la Argentina de las últimas décadas "la tríada mujer/literatura/política está resultando de muy difícil conjunción". (3) Y a la hora de establecer referencias se entrecruzan nombres y narraciones de escritoras pero también de escritores argentinos. Los personajes masculinos de Haroldo Conti y su "universo de agua" terminan siendo apelados, hasta elegidos, junto con las palabras de Rodolfo Walsh, a quien le dedica su novela Realidad nacional desde la cama. Conti le recuerda la escritura de la emoción, ésa en la que el escritor compromete su cuerpo, todo su ser, ese vínculo entre palabra y carne que Valenzuela privilegia: el estar comprometida con el acto literario.

La otra resonancia, Walsh, señala el vaivén entre olvido y memoria a partir de un consejo amistoso: "Olvidá el mensaje. Olvidá todo aquello que tengas para decir. Olvidá la ideología. Olvidá todo excepto la historia. Si tu ideología es suficientemente fuerte, aflorará en cada palabra." (Ibid 130)


Y si en Peligrosas palabras Conti y Walsh se hacen presentes, entretejiendo la autobiografía intelectual, en Escritura y secreto ingresan otros escritores con los que Valenzuela también estrecha lazos: Felisberto Hernández, Juan Carlos Onetti, Julio Cortázar y Carlos Fuentes. Aunque en realidad se limita a dar una opinión sobre sus respectivas obras, los puntos de coincidencia con la suya asoman: escribir para conocer y no porque se conoce (F.Hernández), la búsqueda de la verdad propia (Onetti), la presencia del misterio, del secreto en la escritura (Cortázar) y la construcción del doble y los rituales en la narrativa (Fuentes).

Alejada del "escribo para que me quieran" de Silvina Ocampo (4), Valenzuela recurre a una reducida cantidad de escritoras cuando se trata de apoyar su palabra en la ajena o de buscar con quiénes dialogar: Clarice Lispector, Nélida Piñón, Susan Sontag, Marguerite Duras, Margo Glantz y las argentinas Susana Constante, Alicia Borinsky, Elsa Osorio, Mercedes Sola, que transitaron la experiencia de la ficción erótica o política, dos cánones tan abonados por la escritura masculina, dueña por siglos del cuerpo, de la palabra, del poder.

Luisa Valenzuela reafirma la existencia histórica de un corte que ha llevado a la mujer a adueñarse de la palabra. Pero parece ser que el terreno de la escritura política ofrece aún resistencia, sobre todo si se trata de la escritura política femenina. ¿Cómo no leer una queja ante los editores, ante el discurso crítico que ha silenciado en general su obra en la Argentina? ¿Por qué no conjeturar que detrás de esta observación descansa un intento de explicación, de búsqueda también de sentido acerca de la suerte no azarosa que han sufrido sus novelas en su país de origen? Esto la conduce a explicitar la trampa armada por la dictadura militar, que hizo creer que "la crítica venida del extranjero, las denuncias y protestas contra las muy serias violaciones a los derechos humanos, eran críticas y denuncias falsas que salpicaban directamente a la población civil. (Peligrosas…: 94-95)

Así como Darío construye en sus prólogos, libro a libro, su propia recepción con la conciencia clara de ser el fundador del modernismo en Hispanoamérica, de la misma manera que también las vanguardias latinoamericanas tuvieron que levantar un espacio propio para ser leídos entre sí, Valenzuela hace evidente otra vez la carencia de un discurso nacional, teórico, especializado, dispuesto a interpretar su obra, de cierta manera señalando este destiempo constante entre la producción literaria y la producción crítica.

Luisa Valenzuela bosqueja en Peligrosas palabras y en Escritura y secreto las zonas desde las cuales pide ser leída, tenida en cuenta, y reabre una vez más múltiples interrogantes sobre las razones y los modos de ingreso de la literatura al sistema y a la historia literarios. Un guante arrojado a los productores de discurso crítico y teórico. Sólo que a diferencia del nicaragüense y de otros escritores muy consagrados que escriben ensayos en los que esclarecen su labor como creadores, han pasado en este caso más de treinta años y más de una docena de provocadores libros.


Notas

(1). Valenzuela convoca imágenes de Julio Cortázar al final del párrafo citado y agrega en el siguiente: "Julio Cortázar supo pegar el salto, solo, y con la mano alcanzó a rozar el sueño y a traernos algo a su regreso. Quizá la rosa de Coleridge hecha palabras, veladuras y percepciones de una realidad otra en la que también habitamos sin cabal noción y por la cual, a la vez, somos habitados (¡y cómo!)." Valenzuela, L. (2002): Escritura y secreto, México, Ariel, pp.36-37.

(2). En relación con el concepto de catarsis, dice Valenzuela: "Escribir no es reescribir la vida para tratar de arreglarla. Todo lo contrario. No hay catarsis posible. O mejor dicho la verdadera catarsis es ésta: el mirar de frente. Literatura es alcanzar los dobleces del horror. Es profanarse a una misma, también, si se hace necesario. Si una toca lo sagrado -si con mucha suerte lo logra- es porque ha llegado hasta allí con actitud desinteresada." (Peligrosas palabras, p. 194).

(3). Luisa Valenzuela precisa esta percepción: "Más allá de las crisis de lectores, parecería haber un rechazo visceral por las obras de calidad escritas por mujeres que aluden, aun en forma indirecta, al período de la dictadura militar, los años de plomo que van de 1976 a 1982." (Peligrosas palabras, p.93).

(4). Dice al respecto: "La narrativa no es utilitaria, todo lo contrario, es des-utilitaria. Yo sé de escritoras que confiesan escribir para que las quieran. Creo que Silvina Ocampo fue una de ellas... Yo, desgraciadamente, escribo para que no me quieran. Lo hago adrede. Bien quisiera que me quisiesen, muchísimo, pero intento no hacer concesiones. Me pretendo icononoclasta al máximo, rompo los juguetes, quiero ver de qué están hechos y no siempre lo que encuentro es agradable. Ni siquiera para mí." (Peligrosas palabras, p. 184).


Bibliografía


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-----(2002): "'Que veinte años no es nada'. Espacios y tiempos coincidentes en Realidad nacional desde la cama", en Luisa Valenzuela sin máscara, Buenos Aires, Feminaria Editora.


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Valenzuela, L. (1992): Realidad nacional desde la cama, México, Grupo Editor Latinoamericano.


---- (1999): Cuentos completos y uno más, México, Alfaguara


---- (1992): Luisa Valenzuela: Simetrías/ Cambio de armas. Luisa Valenzuela y la crítica, Valencia, Excultura.


-----(2001): Peligrosas palabras, Buenos Aires, Temas.


-----(2002): Escritura y secreto, México, Ariel.


VVAA (1993): Hispanic Literary Autobiography, Barcelomna, Serbal/Unesco.

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En: Ciberletras

Narrativa del instante

Brevs, de Luisa Valenzuela: Narrativa del instante

Por Lilian Elphick

Luisa Valenzuela nació en Buenos Aires, Argentina, en 1938; hija de la escritora Luisa Mercedes Levinson (1909-1988), cuentista y novelista. En las palabras preliminares a la presentación para The Two Siblings and other stories, de Luisa Mercedes Levinson, la primogénita recuerda:

Tengo una imagen recurrente [de LML]:

Lisa [seudónimo de LML] en la cama, rodeada de papeles, con la Lettera 22 sobre la panza, escribiendo. Pero eso es en el piso alto de la casa. En las primeras épocas, cuando los dormitorios estaban abajo, no había máquina de escribir sino páginas y páginas manuscritas, ya perdidas, pisoteadas y demás por los gatos.

Los gatos, los gatos, los gatos. Aparecen en los cuentos, no necesito hablar de ellos; algunos salvajes, casi, otros en exceso caseros y procreadores. Sólo quiero destacar a Puce a l'Oreille, así llamada porque siempre se le instalaba a Lisa en el hombro mientras ella escribía y le babeaba la oreja. Y, según ella decía, le soplaba secretos.


Por lo tanto los gatos parecerían haber sido una de las tantas puertas de acceso al secreto que Lisa logró entreabrir. Porque eso es sobre todo su escritura: un paso más allá de lo conocido, una comprensión de algo que sabemos esta allí pero tan velado que apenas tenemos una insinuación momentánea. Lisa con su obra nos ayuda a descorrer velos, a desgarrarlos si fuera necesario.

A los veinte años, Luisa Valenzuela, se radicó en París, trabajó para Radio Télévision Française, y escribió su primera novela, Hay que sonreír (1), publicada en 1966. Después de vivir en Estados Unidos, México y España, vuelve definitivamente a Buenos Aires en 1989 con varias novelas y volúmenes de cuentos, entre los que destacan: El gato eficaz, Cola de lagartija, La Travesía, y Aquí pasan cosas raras, Cambio de armas y Brevs, microrrelatos completos hasta hoy, respectivamente.

El libro Brevs… también es un paso más allá de lo conocido, porque, precisamente, insinúa desde la brevedad misma. Según palabras de la misma autora se trata de una narrativa del instante:

Pescar ese instante, asumirlo en palabras sin congelar la acción es lo que se espera en esta narrativa de cambio que hoy llamamos microrrelato o microcuento o microficción. (Valenzuela.2004:9).

Sandra Bianchi, en su artículo “Los textos brevs de Luisa Valenzuela” recopila algunas preceptivas e ideas de la autora en torno al microcuento:

La primera y quizá única regla del microrrelato, aparte de su lógica y ‘antonomásica’ brevedad, consiste en estar plena y absolutamente alerta al lenguaje, percibir todo lo que las palabras NO dicen, lo que ocultan o disfrazan. Es un ejercicio constante, se esté o no escribiendo, que permite entre otras cosas detectar las trampas que nos son tendidas a diario (¡y desde los diarios!) por mediación de las palabras.

Desgarrar el velo de las palabras, develar su contenido disfrazado es tarea recíproca del escritor/a y del lector/a. Más allá de la metáfora, Valenzuela desgarra literalmente su propia biblioteca en 1979, cuando la Argentina está en plena dictadura militar y debe salir del país:

Había libros imposibles de llevar y entonces les arrancaba las páginas o los capítulos sin los cuales no podría seguir viviendo o al menos trabajando. Desarmaba libros con furia, para conservar ensayos o cuentos sueltos. Era una tarea dolorosa, hasta que empecé a espulgar mis propios cuadernos y entre el material ya usado o inusable o intransportable fueron apareciendo unos brevérrimos textos que insinuaban historias más allá de sus escasas palabras. (Valenzuela.2004:9).

He aquí la génesis de sus microcuentos: la dictadura y el exilio; fragmentación del sujeto y del objeto (biblioteca) en pos de la memoria. Y la memoria está firmemente enlazada al tema del cuerpo, como soporte de la palabra, del lenguaje:

“La mando a un colegio inglés para que juegue al jockey, no quiero que mi hija sea una intelectual grasosa”, había dicho alguna vez mi madre, y desde entonces la gimnasia no fue mi fuerte. […] En el 75’ me senté en los cafés de un Buenos Aires arrasado por el terrorismo de estado a escribir textos sobre la violencia que eran a mi manera ejercicios de guerrilla.

Estos ejercicios escriturales “de guerrilla”, que no son frontales; son visiones de reojo, oblicuas. (Valenzuela.2001:131), se mantienen en Brevs…, compilado por la autora y editado el año 2004.

La oblicuidad narrativa está enlazada, entonces, desde el cuerpo político y desde el cuerpo erótico, conformando un solo corpus textual irónico y lúdico. A modo de ejemplo:

Nuestro Landrú no mata a las mujeres, tan sólo las come con los ojos mientras ellas pasean por la calle Florida. Le resultan así más apetitosas que si estuvieran asadas. No siempre la cocción mejora las vituallas. (“Lo crudo y lo cocido”. En Brevs…).

Este emulador del seductor y asesino en serie parisino ejecuta un acto caníbal, tortuoso y torturante: Se las come con los ojos. Acto, también emparentado con la vigilancia.

Este y otros microcuentos serán analizados a cabalidad posteriormente.

La idea de la oblicuidad, incluso de la elisión, tiene que ver claramente con el tema de la reconstrucción de la memoria:

Suelo valerme de vías apenas indirectas para poder encarar verdades que de otra forma serían indecibles de tan dolorosas. Porque hay que decir, mal que nos pese: pienso que debemos seguir escribiendo sobre los horrores para que no se pierda la memoria, para que la historia no vuelva a repetirse… (Valenzuela.2001:131).

Las características generales enunciadas en Brevs…, acercarían a Valenzuela a la generación de 1972 o, al decir de Cedomil Goic, de los novissimi narratores donde

las asunciones concretas del acervo contemporáneo alcanzan a la concepción de la literatura y de la obra literaria, a los modos de representación de la realidad, a la retórica y al lenguaje del superrealismo, a su matización irrealista, actual y vigente. Todo, sin embargo, resulta más enfático, más lúdico, más libre y desenvuelto, más desenfadado y cínico, fresco y, por momentos, descarado, en la creación novelística de los novissimi. (Goic. 1980:275-276).

Los textos de Brevs…, como bien advierte Sandra Bianchi, se relacionan unos con otros, al estilo ‘modelo para armar’ cortazariano:

[Se refleja] el procedimiento de sutura, no de corte. […] Los textos-brevs funcionan como pequeñas piezas de un modelo, que no aspira a ser “definitivo” sino que se ampara en una sostenida construcción. Son piezas textuales, fragmentos de un rompecabezas narrativo, o una metáfora que conviene aún más, los mosaicos del juego del 15 o del cubo de Rubik , pues de la misma manera que el jugador instrumenta su estrategia para organizar la figura o las caras del cubo, el lector combina las “piezas textuales” con mayor eficacia, cuanto más despliega su capacidad cognitiva y lúdica.


Los Brevs… de Luisa ahora descorren los velos con más fuerza que los de Lisa, la madre que usó seudónimo porque en esa época era ‘mal visto’ que una dama de familia escribiera y menos ‘malas palabras’.

Somos todos putas del lenguaje, sentencia la autora (Valenzuela.2001:123), frase que gramaticalmente transgrede la correlación de los géneros masculino-femenino (todos-putas) y que, certeramente, dispara al blanco de sus reflexiones sobre la literatura y la vida.

1) Obra

Novelas

· Hay que sonreír. Novela. Buenos Aires: Editorial Americalee, 1966. (CD-Rom: Buenos Aires, Ediciones La Margarita Digital, 2004).

· El gato eficaz. Novela. México: Ediciones Joaquín Mortíz, 1972. (Otras ediciones: Buenos Aires: Ediciones de la Flor, 1991, 2001).

· Como en la guerra. Novela. Buenos Aires: Sudamericana, 1977. (Otras ediciones: La Habana: Ediciones Casa de las Américas, 2001).

· Cola de lagartija. Novela. Buenos Aires: Editorial Bruguera, 1983. (Otras ediciones: México: Difusión Cultural, UNAM, 1992. México: Planeta, 1998).

· Realidad nacional desde la cama. Novela. Buenos Aires: Grupo Editor Latinoamericano, 1990, 1993.

· Novela negra con argentinos. Novela. Barcelona: Ed. Plaza y Janés, 1990. (Otras ediciones: Hanover (NH): Ediciones del Norte, 1990. Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1991).

· La Travesía. Novela. Buenos Aires: Editoria Norma, 2001. (Otras ediciones: La otra orilla (Colección)Barcelona, 1997; Editorial Alfaguara, México, 2002, Bogotá 2002).

Cuentos y relatos

· Los heréticos. Cuentos. Buenos Aires: Editorial Paidós, 1967.

· Aquí pasan cosas raras. Cuentos. Buenos Aires: Ediciones de la Flor, 1975 y 1991.

· Libro que no muerde. Cuentos. México: Difusión Cultural, UNAM, 1980.

· Cambio de armas. Relatos. Ediciones del Norte, Hanover, 1982. (Otras ediciones: México: Martín Casilla Editores, 1982. Buenos Aires: Editorial Norma, 2004).

· Donde viven las águilas. Cuentos. Buenos Aires: Editorial Celtia, 1983.

· Simetrías. Cuentos. Buenos Aires: Ed. Sudamericana, 1993. (Otras ediciones: Barcelona: Ed. Plaza y Janés, 1997).

· Antología personal. Buenos Aires: Ediciones Desde la Gente, 1998.

· Cuentos completos y uno más. México / Buenos Aires: Alfaguara, 1999, 2001.

· Simetrías/Cambio de Armas (Luisa Valenzuela y la crítica). Valencia: Ediciones ExCultura, 2002.

· El placer rebelde. Antología general. Prólogo y selección de Guillermo Saavedra. Buenos Aires, México: Fondo de Cultura Económica, 2003.

· Microrrelatos completos hasta hoy. Córdoba (Arg.): Editorial Alción, 2004.

· Trilogía de los bajos fondos (Hay que sonreír, Como en la guerra, Novela negra con argentinos). México: Fondo de Cultura Económica, 2004.

Ensayos

· Peligrosas Palabras. Ensayos. Buenos Aires: Editorial Temas, 2001. (Otras ediciones: México: Editorial Océano, 2002).

· Escritura y Secreto. Ensayos. México: Editorial Ariel, 2002. (Otras ediciones: México: Fondo de Cultura Económica, 2003).

· Los deseos oscuros y los otros (cuadernos de New York). Buenos Aires: Ed. Norma, 2002.

Notas

[1] Luisa Valenzuela. Brevs. Microrrelatos completos hasta hoy. Córdoba (Arg.): Editorial Alción, 2004.

2Luisa Mercedes Levinson. The Two Siblings and other stories. Traducido por Sylvia Erlich Lipp. Latin American Literary Review Press, Pittsburgh, 1991.

3 En la web oficial de Luisa Valenzuela: http://www.luisavalenzuela.com/

4 Datos bio-bibliográficos extraídos de http://es.wikipedia.org/wiki/Luisa_Valenzuela

5 Sandra Bianchi. “Los textos brevs de Luisa Valenzuela”. En: http://www.luisavalenzuela.com/

6 Luisa Valenzuela. Peligrosas palabras. “Escribir con el cuerpo”. (Ensayos). Buenos Aires:Ed. Temas, 2001.

7 Cedomil Goic. Historia de la novela hispanoamericana. Valparaíso: Eds. Universitarias de Valparaíso, 1980.

8 Datos extraídos de http://es.wikipedia.org/wiki/Luisa_Valenzuela


Conversación con Luisa Valenzuela


De novelas, cuentos y feminismos: conversación con Luisa Valenzuela

Por Claudia André

Claudia André: ¿Cuáles han sido tus influencias femeninas? ¿Es tu madre una figura fundamental?

Luisa Valenzuela: Lo de las influencias es algo muy relativo, porque vos podés usarlas o no, pero seguramente mi madre es importante aunque después no tengo nada que ver con su literatura. Yo siempre he leído a la gente de la época y en general leo mucho. Beatriz Guido, Maria Luisa Bombal, Elvira Orpheé, Sara Gallardo entre muchas otras son influencias indirectas.

CA: ¿Te atraía más la literatura escrita por mujeres o tu lectura era indiscriminatoria?

LV: No para nada. Además, no tenía una idea formada, ni hacía diferencias en cuanto a la lectura.

CA: ¿Y de un período previo? ¿Tipo de la década del 30?

LV: Bueno, Norah Lange me gustaba mucho y Silvina Ocampo también.

CA: ¿Leés poesía?

LV: Leo menos poesía, pero sí me gusta Alejandra Pizarnik porque juega mucho con prosa y además me gusta mucho Olga Orozco, pero dentro de todo leo poco poesía.

CA: ¿ Y entre las escritoras mejicanas?

LV: Acabo de leer una obra de Margo Glantz y me gustan algunas cosas de Elena Poniatowska, especialmente sus libros testimoniales. Hay cosas de María Luisa Puga que son muy interesantes.

CA: ¿Pensás en algún tipo de lector determinado al escribir o te es indistinto?

LV: No, no tengo ese tipo de formalismos. Mi sensación de pensar en algún lector es como estar afirmando algo a medida; uno arma lo que se arma, se está tratando de hacer lo mejor posible, lo que pienso a veces es a quien no le va a gustar mi escritura, pero eso es otra historia.

CA: ¿Estás satisfecha con los trabajos críticos editados sobre tu obra ?

LV: He notado que hay más criticas mujeres que han trabajado el tema porque es cierto que las mujeres se interesan más por las cosas del género y por eso han hecho cosas más a fondo, pero hay crítica hecha por hombres que es excelente. A veces, son los escritores los que te agarran, hubo una época en Méjico cuando a muchos de ellos se les dio por hacer crítica y ellos mismos eran gente muy conocida, como por ejemplo Juan Jacobo Bajarlía.

CA: ¿Por qué las escritoras argentinas se defienden del término ‘feminismo’?

LV: Te digo porqué me defiendo yo. Me defiendo porque no quiero estar encasillada a ningún ‘ismo’ y el feminismo también tiene reglas de las cuales muchas honro y respeto - sobre todo porque estimo que han hecho una labor maravillosa - pero al adaptarte al rótulo de feminista, ya se te obligaría a hacer ciertas cosas y hay cosas que se pueden hacer y otras que no se podrían hacer o determinadas cuestiones que tenés que encarar porque sos feminista. Por eso no quiero ser nada con nada. Yo quiero ser libre... Eso me lo dijo Rodolfo Walsh cuando yo le comenté que me gustaría hacer algo con una tendencia más política y él me respondió que cuando tu ideología es clara, todo lo que hagas tiene que ver con lo que vos pensás. Por eso, mi ideología es clara y todo lo que yo hago tiene que ver con eso, pero no quiero que me pongan un sello, ni que me pongan una marca porque es ahí cuando comienza la crítica a decirte que tendrías que hacer esto o aquello.

CA: ¿No hay diferenciación aquí entre las distintas posturas feministas como en Francia o en los Estados Unidos?

LV: Bueno, yo también lucho porque se entienda la cosa de la mujer, pero creo que toda mujer hace eso. Creo que toda mujer que piensa en este momento en las postrimerías del siglo XX, está pensando que hay que encontrar el lugar de la mujer, de pelearlo y de defenderlo, pero trasciende el feminismo. Yo no escribo para ningún bando aunque voy con las feministas y me encanta estar con ellas, pero soy independiente.

CA: ¿Te parece que las escritoras mujeres contribuyen con la imagen que se hace la mujer de sí misma?

LV: No seamos optimistas porque se lee poco. Pienso que le compite tanto a las mujeres y a los hombres el cambiar un poco el discurso de la opresión, estamos hablando de oprimidos y opresores, por eso, lo necesario es cambiar esas jerarquías y de eso se trata lo que yo quiero hacer.

CA: ¿Cómo ves la evolución del discurso del cuerpo en tus obras? ¿Has pensado en eso?

LV: Sí, por supuesto, ya desde mi primera obra Hay que sonreír en el personaje que se llama Clara que es una prostituta que se cansa de trabajar con el cuerpo y decide trabajar con la cabeza; por eso, ya desde ese momento, me interesa el tema del cuerpo.

CA: ¿Y has considerado si tu perspectiva con respecto a ese tema sigue algún orden determinado?

LV: Siento que no, que es caótico, pero luego te das cuenta que sí que hay cierto tipo de continuidad, aunque cuando estoy escribiendo no, pienso que son cosas muy distintas. No me
interesa tener una continuidad necesariamente, pero hay gente que sí tiene esa mentalidad.

CA: ¿Y qué ocurre con el tema del cuerpo en nuestra literatura en la actualidad? Visto desde afuera es como que ya se hubiese dejado de lado.

LV: Porque no quieren tratarlo... Imaginate que después de tanto dolor con la cuestión de los desaparecidos o tal vez sea así, porque la conciencia se hace mucho más penosa y profunda por el sufrimiento.
¡Pero el cuerpo ya venía formando parte del discurso literario de antes de la represión seguro! Ya en Syria Polleti lo vas a encontrar o en María Luisa Bombal, aunque es chilena y también en el último libro de Margo Glantz es muy lindo, muy interesante y muy del cuerpo porque allí ella trata el masoquismo con las monjas los claustros de la época de Sor Juana.

CA: ¿Por qué parece que es a la mujer a quien le interesa más el tema?

LV: Esto es en sí azaroso... porque a veces ella es la dominadora como en el caso de mi Novela negra con argentinos. Pero en el caso de Margo Glantz, ella se vuelca sobre el tema del masoquismo a través de la problemática religiosa y sexual porque el libro es totalmente erótico y es interesante el elemento religioso porque también hay allí todo ese erotismo y entonces se trabaja ese erotismo que circula por el masoquismo y como te decía, es muy interesante.

CA: Si pensamos en la literatura escrita por las mujeres en los años 30 y la comparamos con lo que se escribe en la actualidad, entonces tenemos una marcadísima evolución dado que en aquellos años, el cuerpo se manifestaba como ausente, amortajado, silencioso.

LV: Sí, porque en esa época, el cuerpo era visto como algo pecaminoso... Fijate que aparece sin embargo mucho más en la poesía durante esos años. También sería interesante ver cómo las mujeres tratan la corporeidad del hombre...

CA: Ya las escritoras de los cincuenta tienen otro concepto de lo corporal...

LV: Pero te diría que entonces se trata más el cuerpo en relación con la maternidad y el
embarazo... Es más, eso lo trata mucho mi madre. Este un lindo tema, la mujer hablando de la mujer embarazada y sobre lo que es el embarazo, no tanto el nacimiento del hijo sino el cuerpo como proyector del sexo. Yo creo que eso correspondería tratarlo...

CA: ¿Cuál es la recepción masculina de los textos escritos por mujeres?

LV: Creo que es raro que un hombre compre un libro escrito por una mujer a menos que sean escritoras muy conocidas.

CA: ¿Considerás como se dice por ahí que la mujer argentina es más machista que el hombre y es por eso su rechazo al feminismo?

LV: ¿Más machista que el Papa? No, todo eso creo que son prejuicios sobre la mujer argentina. Eso es algo que pueden decir los hombres... Que la mujer enseña a los hijos a ser de determinada manera, aunque a veces es cierto que sea así porque lo mamó, es una tradición en este país. Pero te diría que el hombre argentino, si bien es machista, es mucho más sutil que otros pero es porque también es el más disimulado, es el más inteligente de los machistas.

CA: ¿Los hombres siguen teniendo recelo de las mujeres que escriben o ya se han superado?

LV: No, los hombres te ignoran.

CA: ¿Y las casas editoriales?

LV: En general, en las editoriales en la Argentina, se discrimina a todo el mundo, pero creo que las mujeres que venden mucho, venden mucho porque no cuestionan el orden sino que hasta te diría que lo idealizan - de una manera mucho más moderna y aparentemente osada.
Tanto la misma Isabel Allende como María Angeles Mastreta o Laura Esquivel son gente que venden a lo loco porque no han cuestionado para nada, aunque soslayadamente son evolucionadas al punto que los personajes de María Ángeles Mastreta parecerían agresivas pero no. ¿Y ves? Eso sí que me interesaría cambiar, pero no desde el feminismo puramente como cuestionando lo que falta de la mujer cambiando ese orden patriarcal sino siempre estamos ubicadas en el lugar de la apariencia.

CA: Claro, continuamos ubicándonos con el discurso al margen. Y sin embargo, a vos se te ha dicho muchas veces que escribís como un hombre.

LV: Bueno, esa es una forma de halago por parte de los críticos que son hombres. Uno tal vez lo siente como una crítica, pero eso para ellos es una ponderación. Es interesantísimo... Recuerdo que alguien me comentó que mi escritura era viril y luego me preguntó cómo es que hay mujeres escriben así y yo le respondí que bueno, lo que pasa es que las mujeres escribimos con los ovarios. Imaginate, se quedó en shock. Pero por muchos años cuando empecé a escribir y me decían que mi obra parecía escrita por un hombre, ahí pensé que me estaban ponderando y lo creí hasta que tomé conciencia.

CA: ¿Cómo se ve la figura del intelectual en la Argentina a fines de siglo ante la noción de la muerte de las ideologías?

LV: Creo que eso de la muerte de las ideologías es una construcción muy peligrosa - no porque ciertas ideologías hayan caído o se hayan transformado. Las ideologías se pueden ir transformando... Por ejemplo, el comunismo no es lo mismo que antes, pero hay que tener cuidado con eso porque se está tratando de borrar cierto sistema de pensamiento que siempre resultó amenazador. Esa ideología de cuestionar el sistema es muy importante y a pesar de todo, aquí se ve la crítica en el periodismo, aquí hay muy buen periodismo de muy alto nivel y muchos periodistas se dedican a la crítica. Pero también como los libros no se venden y no hay plata, el periodismo ha pasado a ser un medio de crítica muy importante. Hay muchas cosas que ocurren que creo que se encuentran relacionadas con el posmodernismo, aunque la versión de la realidad en la Argentina es muy limitada, estamos con la zanahoria del primer mundo. Aunque estimo que el pensamiento.

CA: ¿Notás que exista alguna relación entre los medios masivos y la literatura?

LV: Es como que se hubiera acabado la cultura, los medios masivos están cerrados a los escritores, salvo los editores literarios, pero antes te hacían reportajes en revistas populares o te invitaban a charlas en programas por televisión y eso ya se acabó. Ahora lo que interesa es otra cosa....

CA: ¿Y cuál es el estado actual de la poesía?

LV: La poesía permite un poco más porque estás totalmente fuera del juego de prestigio pero de la posibilidad de figurar en el mercado o en las editoriales. Pareciera que hay muchas más mujeres poetas que hombres. Hay muchas, muy jóvenes y muy buenas como María Negroni, Diana Bellesi, una gran cantidad de excelentísimas poetas.

CA: ¿ Será que la mujer se identifica posiblemente más con este tipo de escritura?

LV: Muchas mujeres escriben para aclarar sus pensamientos o para acceder a su lenguaje, pensá que las mujeres casi no tenemos ‘un lenguaje’ y te diría que es mucho más que una terapia, es un trabajo y es una reorganización del imaginario. Una cosa que es interesante es el tema de la narrativa propia, o sea, cómo se narra una porque en cierta forma la narrativa permite mirarse y agarrarse de otro ángulo, cambiando la terminología con la que te contás y cambia también toda tu actitud de la vida o de posición. En general, a las mujeres les cuesta poder objetivarse en otra cosa que no sea el mundo de los sentimientos y el mundo de los afectos, es difícil poder elaborarlo y poder defenderse de eso para crear otras cosas. Esa es una de las tareas más difíciles.

CA: ¿Ha cambiado en algo tu postura con respecto al lenguaje?

LV: No, en absoluto. Esas no son decisiones que uno toma sino que es una cosa que sale de adentro. Lo que decís, sale como necesitás decirlo y te diría que sí me planteo el cómo voy a decir lo que tengo que decir, pero yo ya tengo un estilo que es como un molde sobre el que armás ciertas cosas, como una especie de diagrama que es aplicable a todo; en cambio, el lenguaje, tiene que nacer junto con el tema en todo lo que querés decir y la forma de decirlo, entonces eso complica más la vida del escritor. Mirá, estuve escribiendo una novela sobre Juana Azurduy y luego no me dieron ganas de meterme en la narrativa histórica y ese trabajo

De novelas, cuentos y feminismos: conversación con Luisa Valenzuela

Claudia André, Hope College, 1997.

En la fotografía: Luisa Valenzuela y Lilian Elphick en el restaurant El Parrón. Encuentro de minificción, Santiago de Chile, agosto del 2007.