"K, de Lilian Elphick




Por Alida Mayne-Nichools

K es un libro breve, pero no es fácil. Hay que estar concentrado para leerlo, aunque las hojas pasan rápido.

Lilian Elphick, conocida por sus cuentos, explora en este volumen cómo es meterse en la piel (o en la caparazón) de otra persona, quien es nada menos que Franz Kafka, referido en casi todo el texto como solo K. A través de pequeñas viñetas, anécdotas, conversaciones diálogos que parecen las direcciones para pequeñas escenas, Elphick se va aproximando a distintos momentos biográficos de Kafka, pero con sutileza, tratando de sugerir antes que imponer. Así tenemos la presencia constante de fuego y llamaradas, que nos hacen pensar en la petición de Kafka a su amigo Max Brod de que quemara sus manuscritos (cosa que afortunadamente no hizo). También hay premoniciones, Kafka teme por los papeles que la Gestapo pueda quitarle (lo que por supuesto, no ocurrió en vida del escritor). Sus relaciones amorosas, la difícil comunicación con el padre y la presencia de Gregorio Samsa se van entretejiendo en cada uno de los pequeños relatos que elabora Elphick.

Y ya que he mencionado a Gregorio Samsa, el protagonista de La metamorfosis es un motivo presente a lo largo de K, la mayor parte de las veces como alter ego del escritor: o bien su imagen en el espejo o bien su yo interior, como una metáfora de los tormentos que podrían haber afectado a Kafka. Tal vez lo más complicado –o que me deja en un punto de indecisión- es la apropiación de la voz de Kafka, especialmente debido al contrapunto que se levanta entre los textos escritos por Elphick y los continuos epígrafes que incluye, muchos de los cuales corresponden a escritos de Kafka, especialmente sus cartas. 

El texto, sin embargo, supera al autor de El proceso y las historias se lanzan en la búsqueda de precursores y descendientes, estableciendo conexiones con personajes famosos –como el Quijote y Bartleby- y con escritores famosos –como Borges y Monterroso-. Podríamos decir que la misma autora se sitúa entre esas conexiones hasta convertirse ella misma en personaje de su narración. Cuando ella menciona que ha hecho en Praga el recorrido Kafka –del cual solo sabemos que termina en la tumba del escritor-, podemos llegar a la conclusión de que ella nos ha llevado también por un recorrido K, uno ciertamente mucho más atrevido y ambicioso, aunque ejecutado con simpleza. 

Los textos de Elphick podrían considerarse microcuentos, pero el ritmo, la musicalidad de gran parte de ellos, la manera en que están construidos, me hizo sentir que estaba leyendo poesía y no prosa. Extrañamente, al enfrentarlos como poesía me pareció menos relevante si Elphick había logrado o no emular la voz de Kafka, porque los textos se volvían más sutiles.

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Elphick, Lilian. K. Santiago: Ceibo Ediciones, 2014.

Por la Matria. Los caminos de la mujer

Lorena Méndez

Por Lilian Elphick

Parto de la matria y hacia la matria, una zona que la filósofa francesa Julia Kristeva “identifica con "otro espacio" que no tiene que ver con la tierra de nacimiento, ni con la legitimación de cualquier Estado, sino con un lugar interior en el que crear un "cuarto propio"[1]. Y empleo, también, una consigna, un lema, una bandera de lucha: Matria y vida. Venceremos, en oposición al Patria o Muerte. Venceremos, voz de rebeldía que aún resuena en nuestros oídos y que más de una vez gritamos, hombres y mujeres, en los años de la dictadura chilena.

Matria y vida quiere decir instalarse en un sitio diferente, establecer complicidades y visibilizaciones, reunirnos en la memoria, y comenzar a ser y a no ser el otro o la otredad, término que quizás fue descrito por primera vez por Simone de Beuvoir en El segundo sexo en 1949.

Matria y vida es la antítesis de la fuerza dominante de la cultura patriarcal unificada en la guerra, el sojuzgamiento, la desvaloración y la muerte. Cultura empoderada en la violencia y que niega el amor.

Humberto Maturana, en el Prefacio a El cáliz y la espada, de Riane Eisler[2], señala que: 

“Debido a su origen la historia de la humanidad antes del patriarcado no es una historia centrada en la competencia, la lucha o la agresión, sino en la solidaridad en la que la competencia, la lucha o la agresión, eran sólo episodios del convivir, no un modo de vida.” (Eisler: XVI)

Margarita Pisano, a su vez, indica:

“Los movimientos sociales han sido una de mis principales preocupaciones. Cómo rediseñarlos para sacarlos del espacio de marginalidad y colocarlos en un lugar exterior a la cultura vigente, para que reemplacen el pensamiento y producción cultural masculinista, desde donde se elabore y se ejercite la idea de un nuevo sistema civilizatorio.
(…)
Las mujeres podemos crear, a través de la concepción de un cuerpo cíclico, una lógica abierta, multidireccional, no jerarquizada respecto de la lógica de dominio y, por tanto, no excluyente, sino más bien con un poder que -aunque difícil de imaginar- esté desprovisto de dominio, me refiero al poder de la libertad, la creación, el pensamiento no subordinado. A pesar de que en esta cultura de dominio existen poderes con estas características, su lógica debe ser modificada, ya que es ésta la que los pervierte. Todo no, contiene un sí, como sostiene Camus, y esto alude a la capacidad humana pensante que puede recoger esta información y transformarla en cultura y civilización.” [3]

La perseverancia de las mujeres chilenas tiene larga data. Recordemos a Paula Jaraquemada, Javiera Carrera, Rosario Rosales y Luisa Recabarren que luchan por la Independencia en 1810; recordemos a Eloísa Díaz, primera mujer estudiante de medicina (1880) y primera doctora (1887); recordemos a Gabriela Mistral, primera mujer latinoamericana en obtener el Premio Nobel de Literatura en 1945, y que en 1906 escribió: “Instruir a la mujer es hacerla digna y levantarla. Abrirle un campo más vasto de porvenir, es arrancar a la degradación muchas de sus víctimas.”[4]

En 1935, se funda el MENCH. Leamos a Luis Vitale[5]:

“Se funda el 11 de mayo el MEMCH (Movimiento por Emancipación de la Mujer Chilena), paso decisivo en la formación de la conciencia de género. A través de su periódico “La Mujer Nueva” se criticó la discriminación de la mujer en el trabajo, promoviendo que las empleadas domésticas ingresaran a sus filas para contribuir a su organización sindical. Presentaron un proyecto de ley sobre desayuno escolar gratuito, criticando la explotación de los menores de edad. En 1936, el MEMCH planteó la “emancipación de la maternidad obligada”, pidiendo “el reconocimiento del aborto a fin de que pueda ser practicado científicamente”.

Antes de 1949 las mujeres chilenas no tenían derecho a voto. La articulación que se gesta antes de este año puede ser perfectamente designado como un movimiento social de mujeres por conseguir este derecho y otros. En 1934, se crea la Agrupación Nacional de Mujeres de Chile y Amanda Labarca publica el ensayo ¿A dónde va la mujer?

“El voto femenino es alcanzado en 1949 para las elecciones municipales y 1952 para la elección presidencial. El personaje más destacado del movimiento feminista chileno en ese momento fue Amanda Labarca Humberstone (1886-1975).” [6]

Sobresalen, además, María de la Cruz, primera senadora chilena, Elena Caffarenna y Flor Heredia que, en 1941, presentan un proyecto de ley a favor del voto femenino. [7]

Uno de los hechos más destacables en la historia de los movimientos sociales de mujeres en Chile es la creación del Movimiento por la emancipación de la mujer chilena, refundado en 1983, la importancia que le dio a la mujer el presidente Salvador Allende, entre los años 1970 y 1973. Se crean los “Los Comedores Populares (que) tendían a aliviar la pesada carga de las mujeres en el hogar. Otras medidas fueron: el medio litro de leche para mujeres embarazadas y lactantes; aumento del fuero maternal y obligación de las empresas, con más de 20 mujeres, a tener salas-cuna y jardines infantiles.” (Vitale. Ibíd.), y la inauguración de La Casa de la Mujer, La Morada, en 1983, “un lugar para recuperar lo invisible y negado, vivencias concretas de discriminación y oposición de las mujeres, el camino hacia la conciencia femenina, colectiva y política, hacia la libertad con cuerpo de mujer. (…) Lugar de aprendizaje, de activismo, de acción política, servicios, capacitación, formación, publicaciones, foros, eventos, campañas, encuentros,  actos culturales.”[8]

Con la irrupción de la dictadura militar, se forman movimientos relacionados a la respresión y violencia imperantes, como las Agrupaciones de Familiares de Víctimas de la Represión y algunos grupos de apoyo, como la Agrupación de Mujeres Democráticas y después el grupo Vamos Mujer.[9] Se crearon varias organizaciones de mujeres que reivindicaron por sobre todo el tema de los derechos humanos, muchas veces en búsqueda de familiares desaparecidos.
Ejemplos de éstas fueron Mujeres por la Vida, y Mujeres de Chile. [10]

En relación a la escritura de obras literarias en dictadura, cito a Diamela Eltit:

“Efectivamente, la situación impuesta por la dictadura chilena obligó a aquellos que teníamos una posición democrática y aún más, de izquierda, a una cuidadosa utilización del lenguaje. Como ciudadana habitante de esos años extraordinariamente difíciles pude presenciar cómo la instalación de la dictadura implicaba el radical retiro de una parte del lenguaje que aludía a los pasados léxicos políticos. Por otra parte, tanto la oralidad como la escritura se volvieron terrenos resbaladizos que fueron intervenidos por la autocensura, que es la peor forma de censura. Entonces los lenguajes se volvieron “peligrosos” porque podían “delatar”. Allí pude dimensionar el lenguaje como algo estratégico y crucial. Lo importante empezó a radicar más que en “lo dicho”, en lo “no dicho”, o bien en las zonas fluctuantes y ambiguas que permitían la censura y la autocensura. Una parte del poder pasó por el lenguaje. Sería largo detallar este proceso porque en realidad contaminó toda la vida cotidiana. Sin embargo quiero señalar que la experiencia de ser una mujer con estudios en letras me puso frente a una realidad ineludible: que el lenguaje no es inocente, es poroso, múltiple y constituye, en último término, una de las políticas más decisivas en términos de sobrevivencia y de exterminio.” [11]

Debo agregar las producciones de Pía Barros, Sonia González Valdenegro, Ana María del Río y otras narradoras que comienzan a publicar sus obras a mediados de los años 80 y que, definitivamente, utilizan ese tipo de lenguaje nombrado por Diamela Eltit como sobrevivencia, pero también como denuncia. Es imposible olvidar a las poetas Carmen Berenguer, Elvira Hernández, Marina Arrate, Verónica Zondec que, “por medio de su gesto escritural, trizan el carácter jerárquico-histórico de la cultura patriarcal, a través del (des)doblamiento de los pliegues del lenguaje.”[12]

Actualmente, he de resaltar un flujo que podría llegar a convertirse en movimiento social y que ha trascendido los límites geográficos de Chile. Se trata de las Antologías de microcuentos Basta! Cien mujeres contra la violencia de género y Basta! Cien hombres contra la violencia de género, publicadas por Asterión Ediciones, con Pía Barros a la cabeza, y sus pares Basta! Argentina y Basta! Perú. En la puerta del horno está Basta. + de cien cuentos contra el abuso infantil.

“…La violencia de género es transversal y no se produce más en un barrio que otro, aunque si haya mayor encubrimiento. La violencia contra la mujer es un hecho grave que está invisibilizado".[13]  

En suma, la Matria resiste y conversa, porque “conversar” es dar vuelta juntas/os, “es el entrelazamiento del lenguajear y el emocionar que ocurre en el vivir humano en el lenguaje”. (Maturana xi).

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Apuntes presentados a la mesa temática Mujer, movimientos sociales y poder, Primer Salón de Editoriales Caminando el Sur, Puerto Montt, Chile, 2012.


[2] Eisler, Riane. El cáliz y la espada. Santiago: Cuatro Vientos, 2000.
[3] Pisano, M. Otro Imaginario. Otra lógica: http://www.mpisano.cl/articulos/imaginario.htm
[4] Mistral, Gabriela.“La instrucción de la mujer”. En: La voz de Elqui, Vicuña, Chile, 1906
[5] Vitale, Luis. Cronología Comentada del Movimiento de Mujeres en Chile. En: http://mazinger.sisib.uchile.cl/repositorio/lb/filosofia_y_humanidades/vitale/obras/sys/fmu/e.pdf
[6] Participación política y paridad de género en Chile. En: http://www.bcn.cl/bibliodigital/pbcn/estudios/estudios_pdf_estudios/nro11-07.pdf
[7] Vitale, Luis. Cronología Comentada del Movimiento de Mujeres en Chile.
[8] Matus, Verónica. Escrituras de la diferencia sexual. Raquel Olea, Editora, 2000.
[10] Participación política y paridad de género en Chile.
[12] Fernanda Moraga, La bandera de Chile. (Des)pliegue y (Des)nudo de un cuerpo lengua(je). En: http://www.letras.s5.com/hernandez241203.htm

Fragmentos de espejos, de Gabriela Aguilera

Por Lilian Elphick

Gabriela Aguilera es una de las pocas escritoras chilenas que ha trabajado consecuentemente el género negro y sus variables. Sus últimos tres libros –Asuntos privados, Con pulseras en los tobillos y En la Garganta-, describen situaciones narrativas que nacen y se nutren en la verticalidad de la violencia. En general, no hay procedimientos anti miméticos. La autora se empeña en mostrarnos una realidad que, en estos tiempos, es cotidiana y brutal. La cultura posmoderna, con toda su carga de narcisismo y simulación[1] y que rapiña signos culturales para masificarlos (la estrella roja del comunismo, la imagen del Che Guevara en las gigantografías de una gran tienda, por ejemplo),  exacerba esta realidad “real” para luego enmascararla, fracturarla o, simplemente, invisibilizarla.

Fragmentos de espejos, conjunto de microcuentos dividido en tres partes: Espejos, Fragmentos y Signos Ocultos, también ingresa en esa verticalidad violenta de la que hablaba hace un momento. Vertical, porque en estos textos se nota claramente el estatuto denunciante ante una cultura que no sólo es ombliguista, sino que apoya un sistema patriarcal abusivo, en donde el amor (carnal, filial, etc.) se equilibra en la sobrevivencia, y en donde la narratividad de las pulsiones eros-tanatos va de una esfera superficial a una profunda. Ya lo decía Hemingway: lo más importante nunca se cuenta. En estos Fragmentos, el lector camina por vidrios rotos con los pies desnudos y obtiene, a través de sus propias heridas, la otra herida: el silencio o la historia omitida.

Estos microcuentos no ostentan la categoría paródica, muy usual en este género. Aquí no hay original y una copia deformada[2] al estilo Kill Bill, de Tarantino, que parodia a la violencia misma con imágenes hiperbólicas. Al contrario, en Fragmentos de espejos, lo ficticio –la creación de lenguaje y de mundo- exhibe la huella indeleble de lo real. Ejemplo de esto son los textos que incluyen dedicatorias a mujeres que fueron asesinadas o en las narraciones de carácter más histórico y que evidencian un correlato anti amnésico, como “Cadenas de memoria”, “Estado de sitio” y – con guiño irónico-, “Exilio”.

Fragmentos de espejos supone un abanico de realidades traumáticas: separación, divorcio, venganza, burocracia judicial, desolación ante lo fragmentado y atópico, es decir, sin lugar, y aquí cito a Jean Baudrillard: “Ya nada se refleja realmente, ni en el espejo, ni en el abismo (que sólo es el desdoblamiento al infinito de la conciencia). La lógica de la dispersión viral de las redes ya no es la del valor, ni, por tanto, de la equivalencia. Ya no hay revolución, sino una circunvolución, una involución del valor. A la vez una compulsión centrípeta y una excentricidad de todos los sistemas, una metástasis interna, una auto virulencia febril que les lleva a estallar más allá de sus propios límites, a trascender su propia lógica, no en la pura tautología sino en un incremento de potencia, en una potencialización fantástica donde interpretan su propia pérdida.”[3]

Esta ausencia de lugar, en donde los personajes viven el paroxismo de la soledad, se advierte en los textos “Desolladero”, “Téngase presente”, “Ausencia”, “Rito de pasaje” o “El vidriero”. En “Desolladero”, la pulsión erótica deviene en pulsión caníbal, orgiástica, en el deseo de apoderarse del otro, devorándolo, despellejándolo, con el fin de retenerlo. En el texto “Ausencia”, la nostalgia–el deseo doloroso de regresar[4]-adquiere connotaciones de animalidad mítica: el deseo sexual es Ouroboros, la serpiente que se come a sí misma, el comienzo y el fin del ciclo. “Rito de pasaje” y “El vidriero” tienen que ver con la fragmentación de la imagen reflejada y el dolor que esto conlleva. El primer texto despliega un título irónico porque no hay verdaderamente una iniciación; no existe un acto epifánico, sino una mutilación del propio cuerpo ante “la tristeza nueva que nunca se irá”. La mujer se rasura el pelo, dejando sólo una mecha. Su imagen no podrá traspasar el espejo. En “El vidriero” se generan dos instancias: el desorden (el vidrio) y el orden (el cristal). El personaje, que corta, lima y pule, está solo en su mundo de brillos divididos y caóticos. Su imagen es múltiple y, a la vez, única. En suma, se trata de una imagen monstruosa. Algo similar sucede en “Téngase presente”, cuyo título tiene doble connotación: judicial y testamentaria. La imagen de la mujer convertida en cenizas y su deseo de ser engullida por el amante provoca la paradoja goce-castigo.

En contraposición a los textos ya citados, hay tres de factura netamente erótica y en donde no existe un proceso de degradación en los personajes: “Espejismos”, “Cimas” y “El baño”. En los dos primeros relatos,  el erotismo festivo, sagrado, no degrada, pero si disuelve. Los amantes se funden y son capaces de atravesar el espejo, ir al otro lado, ingresar a una superrealidad. En “El baño” se incluye el auto placer y el juego perverso del acto voyeur. La tensión de este texto se da precisamente en el ojo que mira y en el poder de la mujer desnuda en la bañera.

Fragmentos de espejos es un libro complejo, tanto por la temática expuesta como por la adscripción al género del microcuento. La condensación de la violencia, por tanto, obliga al lector/a a la relectura. Aquí no hay chistes ni soluciones fáciles. El mundo está trastocado en la imposibilidad de ser  y, desde ese no lugar, los personajes ni siquiera acceden al tópico rosa de la familia feliz (niños correteando por un jardín, la alegre mujer rubia de ojos azules en “Rito de pasaje”). Cada texto se come a sí mismo y devora al otro ofrendando signos ocultos de una literatura especular.

Quiero finalizar esta presentación con una cita de Hélène Cixous:

“Las mujeres tienen casi todo por escribir acerca de la feminidad: de su sexualidad, es decir, de la infinita y móvil complejidad de su erotización, las igniciones fulgurantes de esa ínfima-inmensa región de sus cuerpos, no del destino sino de la aventura de esa pulsión, viajes, travesías, recorridos, bruscos y lentos despertares, descubrimientos de una zona antaño tímida y hace poco emergente. Cuando la mujer deje que su cuerpo, de mil y uno hogares de ardor (cuando hayan fracasado los yugos y las censuras) articule la abundancia de significados que lo recorren en todos los sentidos, en ese cuerpo repercutirá, en más de una lengua, la vieja lengua materna de un sólo surco.” [5]

Gracias, Gabriela, por estos microcuentos que instan a la reflexión.

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Presentación del libro Fragmentos de espejo, de Gabriela Aguilera. FILSA, Santiago, 10 de noviembre de 2011.
Fragmentos de espejo, de Gabriela Aguilera
Asterión Ediciones, Santiago, 2011.

Cuatro textos

Desolladero
Envuélveme, susurro, recorriendo a mano las hondonadas, extendiendo pliegues. Corto un sobrante, pespunteo un borde.
Protégeme, musito, raspándote a cuchillo, limpiándote de trazos, dejándote nuevo. Genuino y dúctil.
Entíbiame, suplico, y te suavizo a fuerza de dedos, curtiéndote a punta de caricias.
Te contemplo expuesto por el revés, sin sangre, sin vísceras, sin musculatura. Casi transparente. Tendido en mi cama, pareces dispuesto a lanzarte sobre mí.
Entonces tomo la capa que hice con tu piel y me cubro con ella.

Téngase presente
Seré un montículo de cenizas y desearé quedarme detenida en tus labios, cautiva en tu lengua, prisionera en tu garganta. Querré ser condenada a permanecer en ti, cuando despojada de cuerpo, se levante la brisa y me haga volar hasta tu boca, obligándote a engullirme.

Rito de pasaje
A Carlita
Los mechones de pelo están diseminados en el suelo. El dolor la recorre. Lo recuerda gritándole que no lo busque, que ya no la ama. El sueño de la familia feliz en el que ella sería una alegre mujer rubia rodeada de hijos que correteaban en una casa con jardín, se ha roto con cada una de sus palabras finales.
Duelen los tijeretazos. Toma la máquina de afeitar y la echa a andar, mirándose fijamente en el espejo mientras la acerca a su rostro. Después de unos segundos, mordiéndose los labios, pasa la máquina por su cabeza, dejando sólo una mecha que atraviesa su cráneo.
Se contempla en el espejo y es otra. Sus ojos azules llevan dentro una tristeza nueva que nunca se irá. Un hilillo de sangre resbala de su labio inferior hasta el mentón.
Queda marcado en su cuerpo el abandono que ha tijereteado su vida.

Ausencia
Desperté y te recordé desnudo entre mis sábanas rojas. El deseo, entonces, se volvió una serpiente que anidó entre mis piernas para devorarse a sí misma.


[1]Podemos tomar como la alegoría más adecuada de la simulación el cuento de Borges donde los cartógrafos del Imperio dibujan un mapa que acaba cubriendo exactamente el territorio: pero donde, con el declinar del Imperio, este mapa se vuelve raído y acaba arruinándose, unas pocas tiras aún discernibles en los desiertos - la belleza metafísica de esta abstracción arruinada, dando testimonio del orgullo imperial y pudriéndose como un cadáver, volviendo a la sustancia de la tierra, tal y como un doble que envejece acaba siendo confundido con la cosa real). La fábula habría llegado entonces como un círculo completo a nosotros, y ahora no tiene nada excepto el encanto discreto de un simulacro de segundo orden.

La abstracción hoy no es ya la del mapa, el doble, el espejo o el concepto. La simulación no es ya la de un territorio, una existencia referencial o una sustancia. Se trata de la generación de modelos de algo real que no tiene origen ni realidad: un “hiperreal”. El territorio ya no precede al mapa, ni lo sobrevive. De aquí en adelante, es el mapa el que precede al territorio, es el mapa el que engendra el territorio; y si reviviéramos la fábula hoy, serían las tiras de territorio las que lentamente se pudren a lo largo del mapa. Es lo real y no el mapa, cuyos escasos vestigios subsisten aquí y allí: en los desiertos que no son ya más del Imperio, sino nuestros. El desierto de lo real en sí mismo.” Simulacro y simulaciones, por Jean Baudrillard.

[2] Enrique Giordano y Roberto Echavarren. Manuel Puig: montaje y alteridad del sujeto. Instituto Profesional del Pacífico. Santiago: Artimpres,1986.

[3] Baudrillard, Jean. La transparencia del mal. Ensayos sobre los fenómenos extremos. Anagrama: Barcelona, 1991.

[4] Palabra creada hacia 1668 por el médico suizo Johannes Hofer.

[5] Cixous, Hélène. La risa de Medusa. Ensayos sobre la escritura. Anthropos: España, 1995.

«Diálogo de Tigres» (O el arte de la concisión fragmentada)


"Escribir duele. Que quede claro."
(Cosas que sólo Borges entiende. Pág. 105)

La brevedad, aunque sea de Perogrullo,  es una condición esencial de un buen cuento corto; sin embargo, dicha cualidad no tendría nada de especial sino va seguida del impacto del contenido y de una estructura formal acorde con la exigencia mayor: su calidad.  Todos estos factores, entre otros, hacen de este libro un texto singular entre los de su género. La precisión, su lenguaje directo y llano, la ironía que nutre parte importante de sus páginas, el sarcasmo y un humor negro o blanco -dependiendo de las circunstancias- hacen de su lectura un bálsamo, pero también la profundidad y agudeza de sus reflexiones obligan al lector a estar atentos a lo dicho entre líneas, a lo sugerido, a lo insinuado que, en muchas ocasiones, excede la frase justa y la precisión material invadiendo un territorio que desconocemos, y al que accedemos premunidos de una actitud vigilante: en cualquier momento la narración de Lilian Elphick nos dejara mudos, sorprendidos, admirados de un desenlace que, paradójicamente, no siempre se da al final de cada cuento. 

La ilación natural de muchas de las narraciones está premunida, justamente, de una coherencia temática expansiva que establece una secuencia perfectamente definida: nada está dicho ni hecho al azar, si bien la propia conformación de aquellas obedece a una suerte de “intuición mágica,” a una advertencia encubierta que seduce y que logra insertarnos en mundos paralelos donde el mito y la leyenda, la fábula y la historia se confunden y nos dejan atónitos mirando a nuestro alrededor como si la existencia transcurriera en una multiplicidad de espejos fragmentados.  Allí luego nos reconocemos como parte de ese misterio inalterable de la vida y la muerte, de la verdad o la mentira, la frialdad o la pasión, dependiendo del momento o de sus circunstancias. 

Así entonces surgen textos notables que por sí mismos justifican este libro como Conversación en medio del agua, basado en el viejo tema del alacrán y el sapo que lo transporta de una a otra orilla, pero ahora reformulado y dando pábulo a una concentración de alternativas en espiral como parábola de lo que somos, hacemos o decimos.  O, en Escenas de la vida posmoderna, donde el fantasma que regresa a verse en el reflejo de un cuchillo se perdona la vida por amor y uno se pregunta si no es acaso el fulgor de lo que existe o apenas una sombra difusa que intenta resolver su propia ilusión de subsistir. O en El relincho de don Quijote, cuando Rocinante deja de ser caballo y transformado luego en hombre trastoca de tal modo el universo Cervantino que Alonso Quijano nos parece, repentinamente, una invención desfigurada dentro de otro artificio que se superpone como una escalera infinita donde todo es posible a la vez que interminable. Y estos son apenas tres ejemplos tomados al pasar para no desvirtuar el efecto sorpresa que emerge de la mayoría de estos cuentos.

De ahí que, basado en el mismo principio, la narración se sustente, como telón de fondo, en un reiterado  “diálogo de tigres,” (fábulas y contra fábulas) pasando por los temas de una humanidad confundida en sus apetitos animales, cansada de sus sueños de trascendencia que instalan al lector, invariablemente, en la encrucijada de creer que lo leído es parte de un sueño colectivo del que apenas puede intentar descifrar dos o tres enigmas que justifiquen este tránsito fabuloso y ordinario, mínimo y grandioso, antediluviano y moderno, sobre el que siempre se suele tropezar con la misma piedra.

Y todo ello manifestado  de un modo tan elocuente en su multifacética expresividad, que uno no puede menos que agradecer a Lilian Elphick el que nos haya reconciliado con un universo que parece succionarnos a cada instante y que, por el prodigio de sus reiterados zarpazos verbales, nos resitúa en esa otra vastedad literaria donde la metáfora o el símbolo, la poesía en suma,   cabe en pocas y lúcidas palabras.

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Diálogo de Tigres
Lilian Elphick
Mosquito Comunicaciones, 120 págs., 2011

Monstruos diminutos

Por Patricia Espinosa
 
Diálogo de tigres, de Lilian Elphick

Minificciones –o textículos, como los llamó Julio Cortázar- que no van más allá de una página y que en algunos casos parecen concatenarse o seguir su propia ruta; textos cuya trama se encoge para dar  lugar a una especie de prosa poética, una reflexividad en torno a sensaciones, afectos, relaciones de dominio y la preocupación por el acto de escritura.

Este libro de Lilian Elphick crea un espacio en el que predomina un imaginario del dolor que vaga por retazos cotidianos, donde emerge una simbología que traspasa el realismo.

Diálogo de tigres es un volumen de 75 relatos, en los que convive la profundidad con la extrema simpleza. Esta tensión entre los textos, que a veces lindan en la ingenuidad, no logra por ello quitar peso al conjunto. Un excelente ejemplo de esa convivencia con la sencillez fabulística sucede en los relatos dedicados a una pareja de tigres. Riesgosamente se enfrentan los diálogos de los personajes mediante escenas que bordean la alegoría. Digo riesgosamente, porque la lectura ingenua pudo coagularse, pero la autora consigue dar a cada texto un peso filosófico donde la vida, la muerte y el amor están siempre presentes. Los tigres funcionan como personajes adánicos, desprotegidos, cargados de historias, marcados en la piel, a veces lejanos y otras tremendamente cercanos entre sí: “En los ojos de uno se reflejan los del otro. Cuatro soles en la oscuridad, y una distancia enorme que los separa. Ellos lo saben”. La animalidad confluye con un discurso triste, rotundo, porque saben que  “morirán si no encuentran una mano que morder, aquella que los escribe en la mitad de la noche”.

Seres monstruosos pueblan además esta narrativa, seres que abren la presencia de mujeres desoladas, que sufren, que escriben, que se desligan de la escritura, que matan y que aman tormentosamente. La construcción de un sujeto femenino que ha traspasado límites y se duele, pero que a pesar de ello experimenta una extraña felicidad, es un acierto de este libro, en lo particular porque logra dar cuenta de cierta perversión necesaria para el logro de la liberación.

Con sutileza, las narraciones van dando cuenta de que los personajes deben destruir a la figura autorial, aquella que los escribe, aquellos “cazadores que disparan tinta en blancos papeles”. De tal modo, se reinstala el tópico de los personajes autonomizados de su creador, o en franca disputa con él, que es una especie de dios al que sus hijos deben matar. Se remarca así la condición de ficcionalidad de esta escritura desprendida del escritor, cita a la muerte del autor planteada alguna vez por Roland Barthes, que postula la autonomía absoluta del texto en oposición a la tendencia de leer a partir de la biografía del autor.

Diálogo de tigres es un conjunto de relatos rasposos, cargados de imágenes rudas que se deslizan por atmósfera dolientes en las que se distorsiona lo que pudo ser una fábula, un cuento y especialmente la pureza de un género, dando lugar siempre a una reflexión sobre el acto de la escritura.

Diálogo de tigres, de Lilian Elphick
Mosquito Comunicaciones, Santiago de Chile, 2011
120 pgs.
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En: Diario Las Últimas Noticias, Santiago de Chile, 9 de septiembre de 2011.

"Dialogo de Tigres": La microficción de Lilian Elphick

Por Francisco Martínez B.

Aunque poco conocida en España -sus libros han sido editados en Chile-, Lilian Elphick es una de las voces más potentes y singulares de la narrativa hiperbreve en lengua española. Directora de talleres literarios, editora de la página web  Letras de Chile, ha demostrado sobradamente su experiencia y buen hacer en el género de la distancia corta y la recompensa inmediata, con varios libros de su autoría, publicados entre los años 1990 y 2011, así como en antologías de cuentos y relatos breves que vieron luz, tanto en Chile como en otros países.


Diálogo de Tigres es su más reciente aportación a la microficción en lengua española, merecedora, por la agudeza e ingenio de sus historias y por su prosa briosa, teñida de colores líricos y destellos de reflexión filosófica, de figurar en la nómina de las más selectas antologías del relato breve. Y, por supuesto, de una lectura atenta e inteligente, generadora de ese sublime placer estético que se genera en nuestra mente cuando la belleza y el ingenio nos posee a través de la palabra.


Un cuento, escribió Andrés Neuman, se juega la vida en las primeras líneas. En la última tiene la posibilidad de resucitar. Las fronteras del microcuento son mucho más angostas y muchas veces la primera línea es también la última. En un simple guiño, en una rápida mirada, es preciso encerrar toda una historia. El microcuento se sustenta, pues, en la parquedad de la formulación verbal y en la absoluta excepcionalidad. Escribir lo mínimo, pero constriñendo al lenguaje y hacerlo además con esa precisión y con esa intensidad, de forma que en la mente lectora su denotación sea a la vez amplia, rica y profunda.


En la microficción, los ciento veinte relatos de este volumen de Lilian Elphick, como diría Cesar Aira, suben la apuesta, se lo juegan todo. Pero los riesgos que asume la autora resultan ser a la vez sedante, bendición y estímulo. Sobre todo estímulo para el lector porque la narrativa breve de Lilian Elphick desarrolla al máximo la teoría de la alusión, “to write on the principle of the iceberg” (E. Hemingway). Escritura alusiva o insinuante que afecta al nivel simbólico sumergido debajo del lenguaje, como el iceberg bajo el agua. Microcuentos, pues, que en su dimensión conceptual no dejan asomar más de un tercio de su magnitud, correspondiéndole al lector activo, a su imaginación, la tarea de bucear para descubrir la epifanía de los dos tercios restantes. En algún caso es la propia  escritora la que incita al lector a hallar esa parte invisible del témpano sumergido: “Tigre le ofrece una manzana para que ella sea una, sólo una, pero Fábola es la manzana acribillada de lujuria. ¿Se entiende?”(página 26). Por eso mismo, los relatos de Lilian Elphick son témpanos en la imaginación que ilustran la disimulación, artificio que resulta muy eficaz tanto en los cuentos independientes, como en aquellos otros que forman series (“Diluvio I-V”, “Fábulas”, “Diálogo de tigres” I-X).

Me detengo en estos últimos, en su hilo conductor, tal como lo reconstruye mi imaginación, porque de ese hilo surge una verdadera historia. Los tigres heridos por flechas que no son flechas cualquieras, sino flechas que detienen corazones, enamorados y sueñan sueños imposibles, sin leer a Borges, sólo escuchando boleros. O prometen verse de nuevo cuando no dejen huellas y el amor sea un olvido, un dejarse ir. En su último salto en el vacío, sus colas llevan atadas la cuerda de la escritura. Y cuando decidan estar solos y tomar cada uno su rumbo, treparán la pared, pero a la tigresa le costará mucho más porque está “preñada de sueños” (páginas 7-16).


En los ajustados parámetros en los que Lilian Elphick concibe sus piezas breves hay, sin embargo, lugar para la fábula, para la reflexión filosófica, para el deseo y para un sutil erotismo, escondido en esos tercios sumergidos de la condensación del hiperbreve. Encierra eficazmente la autora estructuras narrativas completas en muy pocas líneas, diseñadas generalmente  a través de un lenguaje sencillo, conciso, elíptico,  mas sin renunciar por ello a los exquisitos regalos de una prosa primorosa, rebosante de tensión, fuerza, sorpresa, belleza e incluso musicalidad. Prosa torrencial que se amalgama a veces con otro tipo de escritura: sensual, lúbrica, capaz de seducirnos. Es el personalísimo acento de Lilian Elphick expresado lingüísticamente.

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Crestomatía de Diálogo de Tigres


Diálogo de tigres III

“Luego de caminar por las extensas planicies de la escritura, los tigres llegan al río del silencio. Ahí se bañan y olvidan que están hechos de tiempo y de sangre. A sus pieles mojadas se adhiere la palabra ’pez’. La tigresa puede nadar debajo del agua a gran velocidad; el tigre da brincos contra la corriente. Juegan a acariciar burbujas.
-¿A quién le contaremos nuestra historia?- pregunta ella.
-¿Cuál historia?- pregunta él.
Los tigres jadean bajo el sol implacable y sus patas se hunden en la arena. Tienen sed. Saben que morirán si no encuentran una mano que morder, aquella que los escribe en la mitad de la noche”.

Fábula del tiempo

“Fábola y Tigre han decidido tomarse un tiempo. Él es el primero en beberlo. Ella tiene un poco de miedo, pero Tigre la incita a coger la copita y tragarse el líquido de una sola vez.
-Amargo
-Más bien ácido.
-Como el limón.
- Pero con un toque de cicuta.
- Oh, sí.
Y así hablan hasta que el tiempo surte efecto. Los devora de inmediato, sin el trivial acto de canibalismo.
Fábola y Tigre se miran. Son un par de desconocidos en la enormidad de las praderas amarillas”.

Sic gloria transit mundi

“Y cuando despertó, Dios le dijo: «Quiero que estés en el pesebre». Entonces, el dinosaurio fue y se acomodó como pudo entre la vaca y el burro. El Niño nunca más olvidó esa bucólica escena.”

Final feliz

“Nos amamos desde el lugar de las palabras; el deseo era una escritura que iba y venía, ataviada de un presente compacto.
Nos amamos con furia, siempre indagando en la perversión que tiene toda historia ficticia.
Nos buscamos en libros y cartas; fuimos el papel y la tinta, unidos por ojos que nos leyeron.
Por eso lo maté: para amarnos más y eternizar el mejor de los finales”.

Balada de la piedra

“Qué  curioso es ver el viento en su transparencia de pelo revuelto. Y qué inquietante esta inmovilidad inquebrantable frente al mar convulso, y las agujas de agua fatigándome, los pequeños crustáceos cerca de mí, arriba de mí, silenciosos y activos. Qué decir de las gaviotas graznando asesinatos: me abraza la sangre que poco a poco se evapora. El pañuelo voló hace mucho.
Y por ser piedra, lloro”.

(Lilian Elphick, Diálogo de Tigres, páginas 9, 27, 42, 100, 111)

Diálogo de Tigres
Lilian Elphick
Mosquito Editores, Santiago de Chile, 2011, 120 páginas.


Metáforas del deseo y la violencia


Por Javier Edwards Renard. Revista de Libros de El Mercurio.

Es la menos bulliciosa, la más tímida y escueta de las escribientes que - junto con Diamela Eltit y seguidoras- llevan ya más de una década explorando un Chile mirado con ojos de mujer.

Presente en numerosas antologías, con algunos cuentos verdaderamente admirables, en 1990 publicó su primera colección bajo el título La última canción de Maggie Alcázar. Debían pasar 12 años antes de que, esta escritora publicara su segundo texto, El otro afuera, con 15 relatos de peso, espesos, ominosos en los que la existencia se presenta brumosa, limítrofe, extrema, dolorida y dolorosa.

Como en el epígrafe que introduce su primer cuento, "Juego de cuatro estaciones", las historias de Lilian Elphick se alimentan del deseo hasta en sus formas más abstrusas y también de la violencia en su múltiple presencia, como sentenciando: la vida no suele ser más que la azarosa combinatoria de uno y otra, y la existencia un resultado, mero despojo o el arte de sobrevivir.

Así, entonces, esta sumatoria de cuentos se abre con el texto de Luisa Valenzuela que dice: "Cabe el deseo/ El deseo cabe en todas partes/ y se manifiesta de las maneras más insospechadas, cuando se manifiesta, y/ cuando no se manifiesta - la más/ de las veces- es una pulsión interna, un latido/ de ansiedad incontenible" y sigue con la escritura de la propia Elphick. "...Por eso ella cree y no le molesta el sudor que se anida en su cuello cuando se desnuda enterita, dejando la ropa tirada en el suelo, porque ya nada importa (a ella nada le importa), la pieza oscura y el sol de pelusas que se filtra por un agujero que ella escarbó en la madera".

Historias de lo femenino que se apartan de la inmediatez de la acción o la contingencia, del discurso feminista, para adentrarse en lo más secreto: luz del centro del alma u oscuridad que todo lo traga (deseo/ pulsión/ plenitud/ privación). Escritura de símbolos, metáforas diamélicas, elphickas que se alejan de la escritura más críptica y, si bien desenrollan la madeja del inconsciente, del imaginario individual y social, no pueden leerse exclusivamente desde su literalidad. La letra de Lilian Elphick obliga la apertura de los diccionarios más bizarros, aquellos donde es posible encontrar interpretaciones del significado profundo, el que realmente justifica la reiteración en espiral de estas historias de féminas encerradas, solitarias, entregadas a una realidad, a un otro afuera que les cae encima como una lápida: "Si yo pudiera ir a verlo iría, pero mis piernas son anclas y esa voz cantando en los adentros: Coronela, no seas tan lacha, Coronela, tonta, sí, y todos los días la voz se repite hecha pedazos...."

Y es que estos relatos que no admiten síntesis sólo pueden evaluarse desde la eficiencia de la escritura y sus imágenes. En el primer aspecto, no puede sino decirse que Lilian Elphick escribe con notable precisión, sin excesos estridentes, ni bajo la esclerotizante gazmoñería tan frecuente en nuestra cultura; en el segundo, debe advertirse que la asfixiante atmósfera en que inserta a sus mujeres, más allá de la sordidez literal de lo que narran, dan la clave para mirar dentro de las causas de esa violencia a la que se abre y de donde proviene una realidad silenciada de lo femenino y, al mismo tiempo, de la fuerza que ha habitado a nuestra sociedad moldeando una forma de mirar, un modo de hacer en el que todo aquello que no satisface la ilusión con que hemos escogido anestesiarnos, es remitido, relegado, exiliado hacia un mundo que no queremos ver porque ofende, aunque sabemos que existe y, aun así, volteamos la cabeza.

Lilian Elphick pertenece a la raza de las Clarice Lispector. Este último libro la acredita como una narradora que merece la atención de los lectores y que debiera asumir la obligación de explorar al extremo su palabra, exprimiendo hasta la última gota que la habita para entregar, entonces, todas las imágenes que la visitan; buscando el tono, la forma, el estilo que la singularice en toda su potencia.


El otro afuera, de Lilian Elphick
Editorial Cuarto Propio
Santiago de Chile, 2002.