El miedo a la utopía del amor

 
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Por Rocío Silva Santisteban
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El amor como un sentimiento que surge entre dos personas y que forma la base afectiva de una relación estable que podría luego prolongarse en el matrimonio se origina sólo durante la Edad Moderna, como hijo de la individuación y de la importancia del libre albedrío en la toma de decisiones del ser humano, producto a su vez de la ruptura con la idea del amor cortés. "El amor puro, ese arte por el arte del amor, es una invención histórica relativamente reciente, tanto como el arte por el arte, con el que está relacionado, histórica y estructuralmente" nos dice Pierre Bourdieu en su libro La dominación masculina.
Por supuesto que antes, tanto la historia de Occidente como la de Oriente han provisto a la humanidad de múltiples formas de entender el erotismo y las relaciones amatorias. Desde la propagación del mito de Eros hasta los cantos de Safo y, por otro lado, las imágenes de los frisos de los templos hindúes o el Genji Monogatari de Murasaki Shikibu, nos presentan cientos de formas exploratorias de las relaciones eróticas, apasionadas o trágicas, hetero u homosexuales. La historia del mundo está marcada, de alguna u otra manera, por esa capacidad del ser humano para relacionarse apasionadamente con otros seres humanos teniendo como lazo el erotismo y la lubricidad sexual. 
Pero la noción de "amor" (más allá del apasionamiento amoroso) que ha llegado hasta nuestros días es producto de una corriente ideológica que surge después de la gran influencia de la Ilustración en la cultura occidental y de la revolución racionalista de Rosseau: no se pueden entender la idea contemporánea de "enamoramiento" y de "entrega amorosa" sin comprender la importancia histórica de la individuación y la secularización. 
Julia Kristeva en su clásico estudio del tema, Historias de amor, nos recuerda que para Kant "el deseo de felicidad procede de la sensibilidad rousseauniana, y si debemos cumplir con los deberes hacia nosotros mismos y nuestros semejantes para obtener la felicidad en la vida futura, será como si hubiese sido mandado por Dios. Pues en definitiva el hombre regula sus obligaciones por la autonomía de la voluntad". La autonomía de la voluntad y el libre albedrío juegan un papel decisivo en la concepción del enamoramiento como flechazo erótico entre dos personas que, bajo su responsabilidad y libertad de opción, "se eligen mutuamente". La elección del amado, aún cuando esté marcada por ciertas deformaciones numinosas de la idea platónica del Andrógino -como considerar que ese encuentro es una "señal del destino"- se basa en la libertad de ambas personas adultas para escoger una pareja amorosa sin (aparentemente) presiones jurídicas, institucionales o sociales. Se verá más adelante que esta libertad en realidad es aparente en la medida que nuestra opción también está marcada por las significaciones sociales imaginarias (1). 
Pero considerando la importancia de la libertad de elección es que se construye el discurso amoroso contemporáneo: a comienzos del siglo XXI el ideal amoroso es el producto de sumas y restas de todo tipo teniendo como núcleo duro esa "libertad originaria" en la elección del otro. Es cierto que la elección depende de una serie de factores que tienen un vínculo directo con la constitución narcisista de nuestra identidad ("la experiencia amorosa reposa sobre el narcisismo y su aura de vacío, de apariencia y de imposible, que subyacen a toda idealización igual y esencialmente inherente al amor" nos dice la misma Kristeva) pero asimismo es patente que la opción se registra como un importante valuarte de las libertades conquistadas: escoger a un "otro" para depositar cariño y entrega siempre será una manera íntima y última de ejercer un derecho. Por esto mismo la pareja en tanto díada amorosa recrea sobre sí misma un círculo perfecto: "unidad social elemental, indisociable y dotada de una autarquía simbólica..." (Bourdieu). 
No obstante el discurso amoroso actual está plagado de temores en torno a esa libertad de opción: la contraparte del mito amoroso contemporáneo, es decir, el lado oscuro del camino que conduce a la felicidad es la senda de la depresión y la melancolía. Esta contraparte y la visión melancólica del amor se acentúan después de la explosión romántica, es decir, como producto de la visión del sentimiento amoroso de los poetas románticos con Wolfgang Goethe y sus Die Leiden des Jungen Werther (2) a la cabeza. El sufrimiento por la pérdida o rechazo del objeto de amor es el riesgo que se corre todo hombre o toda mujer que juegan a la seducción. 
"Si bien la seducción es una pasión o un destino, es la pasión inversa la que triunfa a menudo: la de no ser seducido. Luchamos por fortalecernos en nuestra verdad, luchamos contra el que quiere seducirnos. Renunciamos a seducir por miedo a ser seducidos. Todos los medios son buenos para escapar de ello. Van desde seducir al otro sin tregua para no ser seducido hasta hacer como si uno estuviera seducido para poner término a cualquier seducción" (Baudrillard). Precisamente Baudrillard sostiene que este mismo miedo a ser seducido puede convertir a la seducción en una perversión: un acto absolutamente pautado, sin fisuras y sin secretos, codificado hasta el extremo en la medida que toda codificación impide interpretaciones equívocas. El perverso en este juego de la seducción apuesta siempre a ganador en la medida que hace "trampa". 
Desde otra perspectiva de análisis, pero tomando en consideración el juego de la seducción para interpretar las formas sentimentales a la luz de la ideología contemporánea, Slavoj Zizek escoge un ejemplo extremo para hablarnos de la formas en que los seres humanos intentan evitar todo daño a la hora de la seducción, convirtiendo al escarceo amoroso en una suerte de cumplimiento de reglas innombradas pero absolutamente rígidas (y por lo tanto también perversas). "Las 'chicas con reglamentos' - sostiene Zizek- son mujeres heterosexuales que imponen reglas precisas para dejarse seducir (por ejemplo las citas deben ser arregladas al menos con tres días de anticipación). Aunque las reglas corresponden a las costumbres que solían regular el comportamiento de las mujeres de antes que eran activamente perseguidas por los hombres a la manera tradicional, el fenómeno de las chicas con reglamento no presupone un regreso a los valores tradicionales: ahora las mujeres eligen sus propias reglas libremente -una instancia de la 'reflexivización' de las costumbres cotidianas de la actual sociedad [...] Todos nuestros impulsos, desde la orientación sexual hasta la identificación étnica, son percibidos como cosas que elegimos [...] son experimentados como algo que podemos aprender y sobre lo que decidimos". 
Zizek advierte que estas nuevas formas de seducción estarían directamente vinculadas con lo que Anthony Giddins y Ulricke Beck (1994) han denominado la "modernidad reflexiva" para caracterizar a nuestra época, es decir, la creencia de que elegimos todo el tiempo y por lo tanto estamos subsumidos en una sociedad de riesgo permanente puesto que nuestras elecciones pueden ser asimismo fallidas. Para evitar el error es que surge la codificación, y a consecuencia de ella, la perversión (v.g, las chicas con reglamento). 
Pero, ¿realmente en esta época somos seres tan libres que necesitamos ponernos nuestros propios límite y auto-represiones para evitar el dolor aún a costa de hacer trampa en el riesgo? Precisamente Zizek y otros autores que parten desde una nueva perspectiva marxista de análisis sobre la ideología, como Frederick Jameson, sostienen que esta supuesta libertad en realidad está marcada por lo simbólico, el imaginario o el "Gran Otro" lacaniano. No existe una tabla rasa: todos nuestros afectos, así como la construcción de nuestra ruta sentimental, parten de un conglomerado difuso y poroso que antecede y a la vez construye la realidad que experimentamos. Se trata de las significaciones sociales imaginarias que están detrás y delante de todo discurso, inclusive, del discurso amoroso. 
¿Por qué, entonces, seducir sin dejarse seducir es una de las formas como se vive el amor en la actualidad?, ¿hay detrás de esta postura de experimentación de los afectos una "idea" (o un conjunto de ideas) que está vinculado con esta modernidad reflexiva? ¿el miedo a dejarse "tocar" profundamente por un otro al que rehuimos es realmente una manera de vivir en la actualidad la experiencia amorosa? 
Al margen de que deben de existir múltiples manera de vivir la experiencia amorosa en nuestra época, es cierto que luego de la caída de las utopías, una de las últimas que nos resta es la utopía del amor: esa forma de entender la relación amorosa como una unidad perfecta de opuestos complementarios que, más tarde o más temprano, nos llevará a palpar la felicidad. El bache que no resiste la utopía es la cotidianidad que, asimismo, más tarde o más temprano, convertirá en un charco lodoso el tálamo donde los amantes gozaron y celebraron. 
"Todo lo que se instituye en la sociedad, todo lo que se instala en la vida, comienza a sufrir fuerzas de desintegración y de debilitamiento. El problema del apego en el amor es con frecuencia trágico porque el apego suele profundizarse en detrimento del deseo [...] Podemos preguntarnos si el largo apego de las parejas que consolidan su amor, que lo arraigan, que crea un afecto profundo, no tiende a destruir efectivamente lo que había dado el amor en estado naciente", sostiene el filósofo francés Edgar Morin. 
No sólo la fuerza del deseo y la curiosidad por el otro mueren mientras el apego y el cariño crecen, algo que no dice Morin es que la "utopía del amor" en tanto tal también disminuye durante la real vida de pareja. La cotidianidad es la asesina de la ilusión: la perfección de la utopía no resiste el tráfago del día a día porque no resista el juego de dominación que también se pone en funcionamiento dentro del encuentro amoroso. 
Siendo el amor nuestra última utopía en una época en que la razón cínica reina sobre todas las cosas, ¿hay alguna manera de evitar caer abatidos debajo de los últimos cristales de su ruina? Para evitar este segundo escenario de desilusión y desencanto, que puede incluso ser más grave que la soledad y el aislamiento, los amantes durante el juego de la seducción llegan a evitar el amor. Eso es lo que nos advierte el teórico francés Roland Barthes "para reducir su infortunio, el sujeto pone su esperanza en un método de control que le permita circunscribir los placeres que le da la relación amorosa: por una parte, guardar esos placeres, aprovecharlos plenamente y, por otra, cerrar la mente a las amplias zonas depresivas que separan estos placeres: olvidar al ser amado fuera de los placeres que da." 
Circunscribir es una manera de cerrar aún más el círculo: se trata de localizar de una manera maniobrable al amado. Encerrarlo, nombrarlo, atraparlo. Se trata, por cierto, de empezar a ejercer el dominio para evitar, a su vez, la dominación. Pero a pesar de lo que propone Barthes es muy difícil "olvidar al ser amado fuera de los placeres que da". Por eso mismo, porque no se puede manejar con "sabiduría", con "precisión" el tira y afloja de la relación amorosa, porque en una sociedad cercada por la modernidad reflexiva, que nos enfrenta a riesgos a veces insoportables a la hora de ejercer nuestra libertad de opción sexual y vital, es preciso entonces evitar el amor, evitar la pasión y lo que la desencadena, rehuir y esquivar el dolor de "más adelante", crear armaduras de todo tipo, sobre todo, armaduras de palabras, que eviten la desgracia de convertirnos en seres vulnerables dominados por una pasión. 
Al parecer, en esta sociedad de postrimerías del racionalismo y la reflexividad, sólo los héroes y las heroínas aman, porque blandir la espada de la utopía del amor es ganarle una batalla al miedo, a la parálisis y a la cobardía.
Notas
(1)    Se trata de un concepto acuñado por el filósofo griego Cornelius Castoriadis (1994) y que de alguna manera pone en evidencia que no existen significados en la sociedad ni intuitivos ni naturales. En este sentido, las significaciones sociales imaginarias son aquellas "ideas", "conceptos", "mitos" que circulan en una sociedad determinada y que determinan lo que es real y lo que no es real, lo que tiene sentido y lo que carece de sentido, articulando en una serie de tensiones y torciones el imaginario de una sociedad y de una época. Las significaciones sociales imaginarias instituyen lo "histórico-social". Para una versión más detallada del concepto ver www.magma-net.com.ar/glosario.htm

(2) Recordemos que el libro marcó a su época por dos motivos: en primer lugar porque fue un éxito de lectoría y se popularizó inmediatamente publicado; en segundo lugar, porque influenció de una manera gravitante sobre las costumbres de su tiempo, reforzando la construcción de un imaginario distinto en torno al tema del amor "frustrado" y del suicidio por amor (sin las connotaciones cargadamente moralistas y religiosas de años anteriores).
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Foto: Robie Kulokivi.
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